José Rodríguez Pinilla, camarero del Señor de la Sentencia / RAÚL DOBLADO
EN CUARENTENA

El camarero

«Ese hombre esbelto que aún conserva en su imponente estatura los vestigios de un dandi es el padre de una saga histórica de nuestra Semana Santa»
Por  0:05 h.

Sentado en una silla de tijera, al timón de un barco como los que dieron la primera vuelta al mundo navegando en un océano de bacalao con tomate, me dijo: “Niño, agárrate a Sevilla”. Una frase sencilla. Una verdad compleja. Ese hombre esbelto que aún conserva en su imponente estatura los vestigios de un dandi es el padre de una saga histórica de nuestra Semana Santa. Hablamos de las estirpes de capataces, como la de los Villanueva, que son el eco de la ciudad para la voz de Cristo y anoche recibieron un homenaje por derecho en el Llamador de Canal Sur. Solemos hablar también de las familias tradicionales de cada cofradía: los Ríos, los Halcón, los Toro… Hablamos incluso de los linajes de pregoneros, como los Moya o los Del Rey, y hasta damos rango dinástico cofrade a los Font de Anta en la música. Pero nunca nos acordamos de los camareros.

Yo me voy a agarrar hoy a Sevilla, como me aconsejó ese caballero octogenario en la trastienda de la taberna, a través de sus hijos. Porque entre Pepe el de la Fresquita y Manolo Cateca hay un itinerario sentimental por las entrañas de la memoria. Dios se asoma a las paredes de sus casas por los ventanucos enmarcados de Gelán, Serrano, Sánchez del Pando o Martín Cartaya. Y en todas las alcayatas hay una verdad que empaña el cristal de la placa con el llanto de la Esperanza. En la calle Mateos Gago y en La Campana hay sangre de Cristo por los muros y sangre encebollada en las cazuelas, hay lágrimas como garbanzos en las mejillas de la Virgen del Valle y garbanzos con menudo, hay senatus romanos y bacalao con teleras de Alcalá, hay saeteros en el balcón de la Estrella y cantaores de tapas en el mostrador, hay tramos de nazarenos formando en la calle y tramos de manzanilla organizándose en las estanterías. A las puertas de La Fresquita, justo enfrente de donde el Cristo de las Misericordias se clava en su Santa Cruz, hay un humo de incienso que huele a papas con chocos de Pepito. Y en el callejón del Cateca, a la vera de donde Sevilla le ha puesto su puerta de entrada a la Semana Santa, hay un monte del calvario en el que crecen tagarninas con huevos cuajados de Manolo. Esas son las esencias de la hermandad gremial de los taberneros, que tiene decenas de templos sagrados en la ciudad a la que me agarro por orden de una autoridad de la Centuria. Pero por muy buenos que sean en lo suyo, que lo son, Manolo y Pepe saben que por encima de ellos siempre habrá un camarero mejor: don José Rodríguez Pinilla. Su padre. El camarero del Señor de la Sentencia.

Alberto García Reyes

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