El Cristo de la Fundación de los Negritos / J. M. SERRANO

El Rey esclavo

Por  8:50 h.

Los cristos del siglo XXI son negros. Van detrás de su Esperanza en una patera. Han cambiado la espinas por concertinas barbadas que llagan sus costados al saltar de una vida a la otra, de la miseria a la resurrección. Son hijos de una fe invencible en el paraíso físico, aquel en el que no hay hierros de fragua marcando sus caras o forjando sus cadenas. Esos cristos nuevos que viven en los semáforos sueñan con ser émulos de Euno en sus rebeliones contra el yugo de la injusticia y la sumisión al dinero. Y son herederos de un milagro sevillano: la Fundación de Dios en sus vidas. Por eso a los pies del Cristo de Ocampo hay siempre pinchos de acacias, alambradas. Y por eso ese paso de caoba es un bote buscando la playa de la Catedral a la deriva, dejándose llevar por las olas de los siglos desde la bahía de Guinea hasta el puerto de Sevilla, desde las oscuridades del hombre hasta la luz del Hombre. El Cristo de la Fundación es el más cautivo de esta ciudad. Porque todos sus hermanos llevan 625 años con las muñecas atadas. Y la cruz no es el cadalso. Es la libertad.

En ese Cristo sin tiempo, sin edad y sin prisa está condenada la claridad de Sevilla para proclamar la emancipación de la negrura. Sus faroles anuncian el triunfo de la esclavitud: la llama de la vela va encerrada entre cuatro cristales de una celda de madera renegrida. Ahora la oprimida es la luz. Porque quien ilumina es el Redentor, Hijo de todas las razas, Señor de todas nuestras cadenas. Por eso visten de blanco, y no de ruan, los Negritos. Porque ellos ya llevan el ruan por dentro. El luto. No son una hermandad de negro, sino de negros. Y en el celeste de sus escapularios está la inmaculada concepción de su albedrío: un Cristo muerto para una vida mejor.

La Hermandad de los Negros es una hermandad de gloria, no de penitencia. Porque Dios es también para ellos una salvación terrena. La cruz es una fiesta. Es su Pascua. Es la blancura ingénita de su Madre, la de los Ángeles morenos que bailaron el zarambeque africano con maracas de Cuba en sus cabildos de Santa María la Blanca. Siempre una Virgen albina alrededor de sus vidas. Una Virgen que se mece como una chachona mulata, ahuyentando los dengues, para atravesar la ciudad en danza de cachumba y manguindoi. Qué caderas tiene esa Niña bajo el palio de marfil. Qué ritmo el de sus lágrimas saladas como las olas por las que reman sus hijos. Yo he visto a madres pálidas sacar a sus niños muertos del agua, como piedades en los arenales, después de fracasar en su viacrucis del océano. Las he visto sacando a sus ángeles del fondo a apenas unos metros del edén. Por eso la Virgen de los Negros es tan real. Porque llora como ellas. Se queja bailando. Moviendo su cuerpo al son de la percusión tribal del espíritu. Y por eso su coronación no le otorga un trono, sino una patria: la de los sometidos. Ella parió al mayor de los castigados, al más maltratado, al más perseguido, al más humillado, al más oprimido. Ella es la gloria de toda penitencia. La Madre de todos los cristos de la calle que todavía hoy arrastran los hierros de la tiranía. De los que rezan:

Podrá llover la nube más oscura

y nunca apagará la vela presa

que deja en el farol la luz impresa

de Dios glorificado en su tortura.

Podrá cambiar el sol su veladura

y nunca eclipsará la sangre espesa

cuajada entre los pinchos, siempre ilesa,

del oro que corona la negrura.

El hierro del esclavo se desgasta

y todo tiene en Dios el colofón:

Él es punto final y Fundación.

Él es la libertad. Sólo Dios basta.

Él es la piel y el alma. A Dios me integro:

soy un esclavo fiel del Cristo Negro.

Alberto García Reyes

Alberto García Reyes

Alberto García Reyes

Últimas noticias deAlberto García Reyes (Ver todo)