Manuel García, el hermano mayor de la Macarena
LA ALBERCA

El frutero de la Macarena

Manolo García nos ha dado a probar la Esperanza a su manera: con la fruta más dulce
Por  0:01 h.

CON esa cara que tiene de Dulcinea, que es una flor de peral en corimbo con estambres verdes, la Esperanza tiene la amargura de la naranja en las lágrimas y un bocadito de grosella de las huertas de San Antón y las Cruces en los labios. Por eso eligió para gobernar su dolor a un frutero que desde niño había pregonado limones ácidos por una cara y uvas dulces por la otra mientras lavaba la cáscara de su fe en su puesto dela plaza con el llanto de su Madre. Y por eso ayer llegó hasta el Arco la voz de Manuel Vallejo, un genio de la calle San Luis, esquina con Padilla, que cantaba por bulerías una letra de Mezquita que es el verdadero pregón cotidiano de la Macarena: «Asomarse, niñas, a la ventana / que doy a probar la fruta, / si no gusta, no quiero dinero, / venga, que se va el frutero». Vallejo, que en los años treinta dejó tirado a un productor discográfico americano porque lo contrató para que grabara en Madrid un Viernes Santo y aquel dinero no le pagaba la ruina de no ver a la Virgen en su barrio, cantaba aquella copla como augurio de los ecos que ayer sonaron en el atrio. Porque la cola que subía desde el Pumarejo después de su último cabildo como hermano mayor guardaba en cada suspiro un requiebro de aquel cante para Manolo García. Ay, que se va el frutero.

Manolo ha sido muchas cosas en la vida. Y en todas ha sido un señor: como concejal del Ayuntamiento con Soledad Becerril, como placero de la Encarnación, como hermano mayor de la Esperanza y como hombre. Ayer pidió perdón antes de irse. Con humildad. Sin rencor. Y la vara dorada con la que mandó tocarle «Suspiros de España» a la Virgen volviendo del parque, esa vara con la que llevó a la Esperanza a la beatificación de la Madre María de la Purísima, que es la misma vara con la que cada día ha paseado por dentro de la basílica buscando la necesidad de la gente en su mirada para acercar a los heridos hasta el camarín, se quedó anoche en su vitrina para que la recoja el siguiente. Ley de vida. Porque la vara de mando de Manolo García es su bastón. Su vida entera, 82 años a cuestas, echando el peso sobre sus huellas cristianas.

A Manolo no puede hablarle nadie de madrugadas porque se ha pasado cuarenta años de su vida en vela. Yendo a buscar cada noche la fruta de la huerta de Macario para ponerla en exposición en su puesto del mercado. Él sabe que el tiempo vende los mismos limones amargos que cerezas. Y que eso es exactamente la Esperanza: un gemido de zarzamora agria con un soplo de ciruela acaramelada. Una sentencia a muerte que nos abre las puertas de la Resurrección. Una mandarina a la vera de una papaya. Manolo García será historia de Sevilla porque ha sabido curar el mal sabor de boca de la Virgen con una humilde tajada de melón. Sin grandilocuencias. Será historia porque a él es a quien le compra la fruta la Macarena, que ayer estaba vestida de noviembre escuchando una voz antigua de San Gil: «Ya se va el frutero, Niña».

Alberto García Reyes

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