Morante de la Puebla antes de iniciar el paseíllo en la Maestranza / J. M. SERRANO
Sevilla y amén

La cruz de la tierra

Por  12:30 h.

Con la manoletina en el albero, vestido de sangre y oro, ha trazado una cruz. Después de pasar por la capilla, donde hay un azulejo con la «Oración del torero» que escribió Manuel Lozano, hay que subir al Baratillo, que es el Gólgota de Sevilla. Allí dejó escrita en otra loza la sentencia Caro Romero: «El Gran Poder da poder, / da gracia a la Maestranza; / y a mí me da confianza / encontrarme frente a él, / qué cabeza de cartel, / qué compañero en la baza. / Para un torero de raza / que va de la gloria en pos / siempre en la plaza está Dios / porque lo ha visto en la plaza».  Ha visto al torero crucificarse en la tierra, en esta tierra pasajera que no tiene huellas, sino cruces. Historias de eccehomos vestidos de luces a quienes sus madres llevan en sus brazos a la enfermería. Como lleva la Piedad al Cristo de la Misericordia. Por el callejón. Recordando en esa cruz que traza antes de cada faena Morante de la Puebla la historia de las cruces del toreo…

A Pepe Hillo, Barbudo, final de lienzo de Goya, le pintó en el alma un nudo y un clamor de sangre mudo al tiempo clama y lo arrolla.

A Espartero, Perdigón, un cadalso de Miura, le arrebató la razón porque aquella perfección jamás rezumó cordura.

A Gallito, Bailaor, Coloma de poca briega, un burriciego traidor que en Talavera fue flor de la cruz de los Ortega.

A Ignacio Sánchez Mejías lo aniquiló Granadino y con lágrimas bravías le escribió sus elegías en Granada el más taurino.

A Pascual Márquez le dio la última luz Farolero, un toro que le embistió por dentro y atravesó la oscuridad del torero.

A Manolete fue Islero quien le causó sus pesares, un miura traicionero que le penetró el costero en la plaza de Linares.

A Paquirri un Avispado le dio un envite mortal y con el gesto templado sobre un hule improvisado él mismo anunció el final.

Y luego al Yiyo, Burlero, malditas sean sus hechuras, le ensartó el tiempo postrero en su pecho alfiletero y le arrancó las costuras.

A Montoliú, Cabatisto, poniendo la banderilla lo traspasó como a un cristo y aquel clarín imprevisto silenció a toda Sevilla.

A Soto Vargas le trajo la extremaunción un novillo y su vida fue un atajo desde el coso, cabizbajo, al cielo del Baratillo.

A Víctor Barrio fue un Maño con hierro de Vistahermosa quien le despreció el engaño y vio sus pies tras el paño para enclavarlo en su fosa.

A Fandiño, Provechito, durante un quite al azar, le consumó su delito y un cornalón infinito se hundió hasta el fondo del mar.

Mas toda sangre vertida por culpa de esta matanza en el ruedo de la vida sufre su peor cogida en la Real Maestranza.

¿A Ti, Dios, quién te mató con tan vil ensañamiento? Yo te maté, sí, fui yo y Tú eres quien me salvó. Lo siento, Señor, lo siento. Tú hiciste el quite crucial para quitarme el pitón del pecado capital y diste tu femoral para sangrar redención. Soy tu verdugo, Señor, esa es toda la verdad, y Tú eres mi Salvador, mi burladero, mi error, mi estoque y mi Caridad.

Alberto García Reyes

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