Fundición de cera en el Cristo de Burgos / J. M. SERRANO
SEVILLA Y AMÉN

La fundición

Por  0:05 h.

El tiempo es como la lava que se cuaja en algún punto de su recorrido. Durante la incandescencia avanza lentamente. Y cuando se enfría, se detiene para coagularse en un recuerdo que ya jamás se moverá de ahí. El magma de la existencia se petrifica en la nostalgia después de haber consumido su camino. Por eso lo tangible, lo sólido, es siempre memoria. Las piedras son evocaciones. Cuando las brasas se encenizan, todo ha terminado. Cuando la cera cristaliza, todo ha terminado. Cuando lo que esperamos se congela, ya ha pasado.

La Semana Santa es el cazo del cerero, la crema espesa que se derrama en la candelería, el material ígneo que se hiela estos días a solas en el anhelo de quienes estamos esperando la luz. Por eso ya se nos ha ido. Porque ya no es un líquido candente que se nos disipa entre las manos. Ya podemos tocarla. Se ha encarcelado en una forma concreta y ha dejado de ser tiempo para convertirse en espacio. Hemos firmado ya la hipoteca de la estación de penitencia y el acta notarial que guardamos en la mesilla de noche nos ha impuesto un plazo: décimo tramo, senatus, bocina, manigueta, contraguía… Esa papeleta nos ha extinguido ya. A esta hora fuimos. Y cuando pase esta hora, seremos. Pero durante el cuajo de nuestra esperanza dejaremos de ser. Sólo estaremos. Y así arderán los papeles en los que está escrito nuestro puesto. Así pasará el tisú, goteado del tiempo estuoso de los cirios que solearán la cara de porcelana de Ella hasta transformarla en rostro de bronce. Cuando la estemos esperando, ya se habrá marchado. Y nos quedaremos quietos en la conmemoración de lo que ni siquiera sabremos nunca con certeza si hemos llegado a vivir.

Hoy está la ciudad fundida en sí misma. Se ha condensado en los besos que buscan manos en duelo. Y en el eco del atril. Y en la tiza que nos echa la cuenta. Y en las bajadas de los cristos. Esta es la expresión definitiva de Sevilla: la bajada del Cristo. El tiempo es una rampa que nos desciende a la infancia, que es el paraíso. El mismo Mesías la baja muerto para regresar a su niñez. Porque ahí, en la víspera de nosotros, es donde únicamente existiremos siempre. En la lava que asuela el tictac y va quemando la vida.

No aspiro a que me creáis. Sólo cuento mi convicción. Contad los minutos, comprobad el vaticinio de las nubes, planchad vuestras túnicas, preparad las flores y limpiad vuestros zapatos. Pero será inútil. Todo ha ocurrido ya. En una semana, cuando el parque nos ofrezca su mejor flor entre las palmas de la mañana y la Amargura nos rasgue el paladar, sólo seremos memoria. Cuando la Estrella se hunda en el reflejo del agua y el Amor sea el Salvador, cuando despojen al Nazareno en el Compás de la Laguna y su Madre nos ofrezca un Subterráneo por el que evadirnos, cuando la Gracia y la Esperanza se alíen detrás del cirineo y se haya proclamado una Buena Muerte en San Julián, cuando todo eso ocurra sólo seremos un recuerdo. Porque Sevilla es en estos días una gran fundición de tiempo. Y como cae la cera y se endurece, cae también el alma en nuestros huesos. Para que nunca olvidemos que sólo seremos cuando dejemos de ser.

Alberto García Reyes

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