Los pies del Señor de Pasión en el altar de la novena / J. M. SERRANO
SEVILLA Y AMÉN

La huella de Pasión

Por  8:31 h.

Señor, efímera huella que deja eterna señal en el Hombre terminal. Tu planta en el suelo sella el beso de tu epopeya a la tierra en que nací. Andas por dentro de mí, eres más mío que yo porque en las horas del no Tú me llevas hasta el sí.

Señor, cronólogo pie que deja siempre una marca donde la gubia no abarca. Pisas el cuándo y el qué por la senda de la fe con el tictac de tu paso. La plata es edén escaso, un espacio diminuto para quien en un minuto deja un siglo de retraso.

Señor, profunda pisada que muele el cielo en la rampa y en el firmamento acampa con alígera zancada. El pie que vuela es izada de la bandera de Cristo, alzamiento desprovisto de trinchera y de color. Así pisa el Salvador: siempre en un visto y no visto.

Señor, audaz caminante a merced de la vereda, Ella es la luz que te queda, tu verdad agonizante. La vida está por delante y el horizonte detrás: la memoria es un quizás y la esperanza es certeza. Lo vivido es la corteza, dentro de la muerte hay más.

Señor, eres transeúnte desde mil seiscientos quince y caminas sin esguince, sin cruz que te descoyunte. Andas echando el pespunte sobre el paño de Sevilla, un paso de seguidilla ensartado en el ojal, y en el cruce capital siempre soy tu zancadilla.

Señor, qué raudo transitas por los callejones breves con lo largo que es el Jueves y con las faltas que quitas. Todas tus huellas son citas con la noche más oscura. La luz habita en la hondura que platea tu trayecto: siempre el camino más recto para llegar a la altura.

Señor, qué lento deambulas por la muerte que te espera. Tus adentros están fuera de las astillas que azulas con la sangre que tripulas en la mar de tu hemorragia. El aire tu cuerpo plagia para morirse contigo: el oxígeno es mendigo porque de Ti se contagia.

Señor, qué extenuante andar con el rubor de Pacheco, que pintó el vapor del eco, tu forma de suspirar. El tiempo te ha hecho un lunar en la yema de tu piel porque tu edad es cartel policromado de Amor. Vas ungido de amargor y barnizado de miel.

Señor, por qué Sur avanzas en tu mapa de agonía, que vaga en tu anatomía refinando tus mudanzas. Tus huellas son esperanzas en cada Dios desbastado, son el paso nunca dado por quienes no te veneran. Ellos no saben que esperan que te pongas de su lado.

Señor, espiga de viento que camina al volapié, ese rastro es tu caché y la muerte es tu cimiento. Cuando te falta el aliento, la madera te desquita sobre la antigua mezquita y logra la perfección en el patio del perdón. Sevilla te resucita.

Señor, en tu itinerario por el monte, entre faroles, tus retinas son los soles que iluminan el calvario. Tu cortejo centenario ennegrece tu cadena y el cirio de tu Novena alumbra tu claridad. En Ti toda la ciudad se reconoce y se ordena.

Señor, andas con las manos. Cada beso es un desgaste, la pátina se va al traste en labios de tus hermanos y con tus pies diluvianos, que pisan charcos de savia, nos acaricias la rabia y nos bañas de humildad. Sevilla es tu dualidad: te quiere porque te agravia.

Señor, servil peregrino tallado vivo por dentro, ¿por qué vienes a mi encuentro? Respiras la cruz, tu sino, y huella tu vals cansino la entraña de tu ascensión, donde llenas el pulmón que agota tu arrastrapiés. Así esculpió Montañés la cima de la Pasión.

Señor, fugaz andariego que pasea cabizbajo, tu sombra es un espantajo sin vanidad y sin ego. ¿Qué piensas cuando vas ciego mirándote en tu interior? Salvador del Salvador, eclipse por la pared, me tienes a tu Merced y siempre a tus pies, Señor.

Alberto García Reyes

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