El misterio de la Quinta Angustia /J. M. SERRANO
SEVILLA Y AMÉN

La muerte vive

Por  9:25 h.

Se mueve. La muerte oscila en el péndulo del tiempo. Como dijo Rosales, la sombra es el silencio de la tarde. Por eso en el vaivén del Sagrado Descendimiento hay una mudez que grita, un llanto sin lágrimas, una danza que gravita entre la plenitud y la nada, una fuerza centrípeta que absorbe la sombra del crepúsculo, calladamente, para poner a Dios en el centro de todas las cosas. Él nos rodea, nos envuelve, nos origina y nos termina. Él es la bisagra de la eternidad. En la Magdalena, que es donde está el Calvario de Sevilla, hay una pila que bautizó al barroco. Murillo quiso pintar ese movimiento y no pudo. Tuvo que esperar a que José de Arimatea y Nicodemo bajaran a Cristo de la cruz y lo pusieran en las manos de Roldán. Y entonces hizo el imaginero ese descolgamiento que levita en el aire de la ciudad mientras chirría el gozne de su cintura, esa charnela que simboliza el tránsito hacia la vida del muerto: la Vida. Cristo pende en la Magdalena del punto de fuga de la existencia: el quinto dolor de su Madre. Habiendo ya pasado María el suplicio de la profecía de Simeón, la huida a Egipto, el extravío de Jesús hallado en el templo y la cruz al hombro por la calle de la Amargura, se topa de bruces con la crucifixión y muerte de su Hijo y ya no tiene fuerzas ni para llorarle. Ni para bajarlo del cielo de su ocaso. Ni para llevarlo al sepulcro. La Virgen se queda detenida en su Quinta Angustia mientras Cristo se mueve, ya cadáver, en los labios mudos que le oran letanías con espinas. Va cayendo, sonámbulo, cediendo inacabablemente en un vuelo sin alas que morirá en la carne quieta, en la música friolenta del abismo. Porque ese helor que congela cuanto le acompaña en el cortejo fúnebre de las sotanas moradas es la nieve de la Cumbre. El frío de la Altura. Ese pasmo que desciende hasta nosotros exánime, pero vivificante, nos despierta del sueño de su cuerpo, de su presencia finita u a la vez interminable. Y nos echa encima una cruz arbórea introvertida, silente, que cruje en el tronco de la inmortalidad para que oigamos su compás. Que no es la melodía de una bisagra, sino de un Stradivarius. ¿Quién no ha oído el Concierto para Violín y Orquesta de Tchaikovsky en el trajín del Cristo de la Magdalena? La muerte se mueve en el aire colgante de la cruz y suena. Porque en Sevilla no hay ninguna quietud estática. Nos callamos sólo para ver mejor. Y en esa transfiguración barroca que crea polifonías en la estridencia o ajetreo en el vacío cobra sentido toda nuestra costumbre teológica: Cristo es siempre un milagro inexplicable. Un efecto óptico que, oscilando en el tiempo, nos va dejando en los huesos un sedimento de dolor. Un dolor dorado, lujoso. O un gozo putrefacto.

En el Cristo que mueve a la expiración misma en el quinto desconsuelo de su Madre estamos todos. Orbitando su muerte como cuerpos celestes que giran alrededor de la luz. Y murmurando esa queja enmohecida que se bambolea entre los dos planos de la existencia: lo pasajero y lo inmortal. Ese es el milagro de cada Jueves:

La muerte a solas bascula
entre la vida y la Vida,
entre la angustia y la Angustia.

Alberto García Reyes

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