El Cautivo de Torreblanca / J. M. SERRANO
SEVILLA Y AMÉN

¿Por quién llora Dios en Torreblanca?

Por  8:01 h.

Lo que no va en lágrimas, va en suspiros. Cristo no sólo llora en la ventana de San Esteban, sentado en el trono en el que Sevilla lo denigra mientras despide a los viajeros que tienen que marcharse para sobrevivir. Cristo llora también con quienes están secuestrados en la ciudad. Llora con la gente que llora y es Cautivo entre los cautivos. Llora allí donde la vida es un cúmulo de Dolores para quienes intentan salir de la pobreza, para quienes padecen la vejación del paro, de la falta de oportunidades, del hambre. Cristo llora en Torreblanca porque quiere desatarse las manos y ayudar a quienes tienen la esperanza de ser mejores y porque en su hermandad, antes que a la propia fe, hay que dedicarse a la caridad. Esa lágrima que desemboca en sus labios sólo se ve a oscuras. He ahí su grandeza. A pleno sol, cuando el Cautivo sufre ante Pilato como sufren sus vecinos ante las carencias en las que viven, no se aprecia la gota que colma su paciencia. Porque Él es uno más en la fiesta de su procesión. Él es el centro del barrio. El jefe. El héroe que ha logrado salir de allí para ser recibido con honores y alfombras en el templo de la alta devoción, en el palacio opulento de la ciudad. Un Hombre de la calle, de los suburbios, con las manos amarradas y la vida desierta de aspiraciones, llevará la cruz de su arrabal hasta el tuétano del poder. Hará un Viacrucis largo, con los pies descalzos, y con una fonda en el camino que no es casual: Santa Marina. Sí, el Cautivo de Torreblanca irá hacia la Resurrección. Con su pueblo detrás. Y Sevilla entenderá que su desprecio es miserable. Porque a la vera del Señor no sólo hay delincuencia. Hay también mucha humildad, mucha gente modesta que tiene que padecer el estigma de quienes nos creemos superiores sólo porque hemos tenido más suerte. En la lágrima del Cautivo va ese caudal de calamidades buscando la desembocadura de su jadeo, ahí está toda nuestra arrogancia deslizándose por la mejilla de Dios. Porque Cristo no sólo llora en Sevilla cuando nos despide. También llora cuando no nos encuentra, cuando nos engreímos y desdeñamos a nuestros hermanos en los arquetipos mezquinos de los necesitados frente a los acomodados. Yo sé que Él no llora por sus vecinos. Llora por nosotros, que somos los verdaderos pobres: los que alguna vez hemos pensado que allí, tan lejos, Dios no se mece. Llora por quienes creemos que las varas de madera de la cofradía no tienen valor. Y suspira para decirnos que no tenemos razón, que su soga ata nuestras muñecas, no las suyas.

En uno de los laterales de su iglesia, donde el suelo no es de mármol, sino de terrazo, y la pared conserva los cercos de los cuadros rotos porque no han podido blanquearse, está escrito un versículo del evangelio según San Mateo convertido en aleluya: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré». Eso no va sólo por quienes le visitan todos los días. Va por todos. Eso es lo que dice exactamente su llanto:

Los Dolores pasan, jamás rendiros,
que en este Vía Crucis de la vida
lo que no va en lágrimas, va en suspiros.

Alberto García Reyes

Alberto García Reyes

Alberto García Reyes

Últimas noticias deAlberto García Reyes (Ver todo)