El señor de la salud de los Gitanos / J. M. SERRANO
SEVILLA Y AMÉN

Se va el Señor

Por  8:27 h.

A los po­cos días de to­mar po­se­sión co­mo her­mano ma­yor, el prios­te es­ta­ba ter­mi­nan­do de mon­tar un al­tar y Pe­pe vio que se ha­bían des­per­di­ga­do unas ho­jas por el sue­lo. Co­mo ha­bía he­cho to­da la vi­da, co­gió el es­co­bón y se pu­so a ba­rrer. Un her­mano en­tró en­ton­ces en el san­tua­rio y lo vio en el tra­jín. «Pe­pe, ¿tú no crees que un her­mano ma­yor no de­be ha­cer es­to? ¿Qué pue­de pen­sar de nues­tra her­man­dad cual­quier fo­ras­te­ro que en­tre y te vea con la es­co­ba?», le di­jo. Pe­pe le dio la ra­zón. Y ha es­ta­do ocho años de­fen­dien­do el car­go que le otor­ga­ron los gi­ta­nos en una cons­tan­te pe­lea con­si­go mis­mo. Por eso en su úl­ti­mo ca­bil­do, an­tes de sol­tar la va­ra do­ra­da, se desaho­gó: «No sa­béis el ali­vio que sien­to aho­ra mis­mo por­que voy a po­der co­ger otra vez el es­co­bón».
Así se va un se­ñor. Co­mo se va el Se­ñor. Ha­cia su des­tino, si­len­cio­sa­men­te, acep­tan­do su lu­gar en el mun­do con or­gu­llo. Por eso Pe­pe Mo­reno Ve­ga es el bas­tón que sos­tie­ne la Se­ma­na San­ta de Se­vi­lla. Por­que él no se va­na­glo­ria de ha­ber si­do el pri­me­ro de Los Gi­ta­nos, sino de ser un cris­tiano pu­ro. Y por­que el se­ño­río no con­sis­te en lle­gar al car­go, sino en que el car­go no te cam­bie. Cuan­do se ca­só Ca­ye­ta­na de Al­ba con Al­fon­so Díez, uno le di­jo: «Pe­pe, me he en­te­rao de que te ha in­vi­tao la du­que­sa a su bo­da». Y el Mo­reno le con­tes­tó: «¿A mí? ¿Por qué va a in­vi­tar la du­que­sa a un pla­ce­ro de Tria­na? Tú te has con­fun­dío. Ha in­vi­tao al her­mano ma­yor de Los Gi­ta­nos». Esa ele­gan­cia no se com­pra ni se ven­de en los pues­tos del mer­ca­do del ba­rrio León, don­de Pe­pe se ha de­ja­do el tiem­po, no la vi­da, por­que su vi­da es su gen­te. Por eso le di­je a voz en gri­to una so­leá a su Se­ñor de la Sa­lud, que di­ce que es pa­ra él más que su pa­dre y que su abue­lo, que es el más vie­jo de to­da su es­tir­pe, el ma­yor de los mo­re­nos: En es­te tran­ce in­hu­mano, yo nun­ca he vis­to un Se­ñor más se­ñor que Tú, Gi­tano. Ni más se­ñor que Pe­pe. Yo nun­ca he vis­to a na­die de car­ne y hue­so con más au­to­ri­dad ni con más hu­mil­dad. Y doy gra­cias a Dios por ha­ber­me pues­to cer­ca de un hom­bre tan gi­gan­te. Por­que Jo­sé Mo­reno Ve­ga no es só­lo el gi­tano que com­pró su cuar­te­la­da en la pla­za con el di­ne­ro que ha­bía ga­na­do can­tan­do se­vi­lla­nas en el Gar­ban­zo Pa­la­ce, aquel res­tau­ran­te pa­ra ce­le­bra­cio­nes que ha­bía en­fren­te de los Jar­di­nes de Mu­ri­llo. Ni es só­lo el cu­rris­ta que hi­zo amis­tad ín­ti­ma con Ro­me­ro sin de­jar de ha­blar­le nun­ca de us­ted. Ni es só­lo el hom­bre que pro­vo­ca­ba el olor a sal­mue­ra jun­to a las ca­le­si­tas tria­ne­ras des­de su pues­to de acei­tu­nas y chí­cha­ros. Pe­pe Mo­reno es la Sa­lud de Se­vi­lla. La Sa­lud de Los Gi­ta­nos y la Sa­lud de San Gon­za­lo. Es­te se­ñor que hoy se va co­mo se va el Se­ñor, con to­das sus An­gus­tias den­tro, apo­ya­do en su bas­tón y con el pa­ñue­lo emer­gién­do­le de la so­la­pa co­mo un cla­vel de los que ven­den las mu­je­res de su san­gre, es la ma­sa de nues­tra de­vo­ción po­pu­lar. Mien­tras mu­chos as­pi­ran a ser her­mano ma­yor, él an­he­la vol­ver a su es­co­bón. Quie­nes no son na­die, pre­ten­den ser al­guien. Y el que es al­guien de ver­dad, pre­ten­de ser na­die. Esa es la lec­ción que nos de­ja es­te gi­tano, a quien es­pe­ro po­der pe­dir­le pres­ta­do su es­co­bón un día pa­ra po­ner­me a ba­rrer una ca­lle que lle­ve su nom­bre an­tes de que pa­se por allí de Ma­dru­ga­da su Mo­reno.

Alberto García Reyes

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