La Macarena, por los corralones de la calle Feria a principios del siglo XX
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EL RECUADRO

La vieja de la calle Relator

«Llevo un tiempo pensando que la Semana Santa ha desaparecido, o que está desapareciendo. Que ha dejado de existir»
Por  13:15 h.

Recibo carta de un viejo nazareno de cirio verde. Abro el sobre. La leo. Me pone: «Me va a permitir que le escriba, aunque no suelo hacerlo con excesiva frecuencia a pesar de cultivar la sana costumbre de leer sus artículos, bien en papel, bien a través de los nuevos medios que la tecnología nos brinda. El caso es que hoy no me he podido resistir a contactar con usted porque me ha alegrado enormemente la mañana leer el artículo suyo de la Moda Costalera. Mire, llevo un tiempo pensando que la Semana Santa ha desaparecido, o que está desapareciendo. Que ha dejado de existir, o que está agonizando. Que nos la han robado, o que nos la han ocultado, o que nos la están desfigurando. Que ya la vieja que viene de la calle Relator y que aparca su carrito de la compra en la puerta de la basílica para entrar y contarle sus cosas a la Esperanza no importa nada, absolutamente nada, cuando ahí es donde en verdad se encuentra la Verdad de esto. Ahora, si no demuestras lo macareno que eres por Twitter, por Facebook, o por la leche que mamó, no vales un duro. Hoy día parece que se tiene que enterar todo el mundo de lo macareno que uno es, de lo devoto que yo soy, de que mando diez mil fotos diarias por la mañana, por la tarde, por la noche. De sacar pecho de lo que siento, cuando antes eso se dejaba para adentro, y saltaba solamente cuando alguien se atrevía a ofender a tu Hermandad, que era cuando entonces salía el malaje de dentro, el cariño de dentro.

«Me consta que hay gente que esto de airear lo más íntimo lo hace de corazón y con la mejor de las intenciones; gente cabal que quiere a las hermandades desde el cariño más puro. Pero hay otros en los que esta tendencia se ha convertido en un mero exhibicionismo de «sentimientos», que yo entiendo más bien como «postureos». Y aquí me tiene preguntándome una y otra vez que, en medio de esta vorágine, dónde estamos dejando a la vieja del carrito, que es lo mismo que preguntarse dónde estamos dejando a la verdadera devoción.

«Soy consciente que cuando hablo así en cualquier sitio (le garantizo que lo hago) siempre entiendo que pueda haber alguien que piense que lo digo porque, claro, cómo no voy a protestar si patatín y patatán con la junta de la hermandad. Bien, cada cual que piense lo que quiera. Lo digo porque observo que lo que hace una década ya era una amenaza consistente, de un par de años o tres para acá se ha convertido en una triste realidad. Decía Ortiz de Lanzagorta que Sevilla era un sueño que probablemente jamás haya existido. Yo, en cambio, pienso que la Semana Santa que me enseñó mi padre yendo a San Juan de la Palma el Domingo de Ramos sí que ha existido. Lo sé. Sé que esa enseñanza y ese aprendizaje discreto y sin alharacas ha sido real. Sé que la Semana Santa que le he leído a usted ciertamente ha sido veraz, gozosamente veraz.

«Sé que había una Semana al año en la que Sevilla se convertía en un ideal tangible, en una Arcadia en la que todos éramos felices. Hoy, creo que la Semana Santa está desapareciendo, si no lo ha hecho ya. Como mucho, sacamos pasos a la calle para saciar egos, no para emocionar, que eso es lo secundario, y si hay sitio, oiga.

«¿Cuántos de esos son capaces de ponerse dos horas en una cola, sacar una papeleta, emocionarse porque su padre le enseñó desde chico a hacer lo mismo, taparse la cara, coger un cirio, ir donde le toca, y dar las gracias por tener esa suerte? Supongo que no podemos o no debemos rendirnos. Esta carta es para pedirle que no lo haga, para pedirle que no se canse, que no se hastíe. Hagamos lo que podamos para dejarle usted a su nieta y yo a mis hijos la Semana Santa de Sevilla, esa en la que la vieja de la calle Relator se sentía la más importante del mundo porque una vez al año la Madre de Dios iba a pasar por su puerta. Menos mal que Esa no se rinde y que, cuando se alza por vez primera por el rugido del dragón, nos pone a todos en nuestro sitio.»

(Porque verdaderamente es la Madre de Dios, querido macareno de cirio verde, como bien sabemos usted y yo… y la vieja de la calle Relator.)

Antonio Burgos

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