Camilo Olivares / ABC

El último capellán real

Por  0:05 h.

No sé por qué, su familia siempre me recordó a la de los Esquivias: señores del barrio del Señor, léase San Lorenzo. Familias inculcadoras de principios y valores, semillero de militares, de sacerdotes, de servidores de Dios o de la Patria. En las que se conservaban rituales no escritos en el libro de los días, tradiciones de siglos. En una de estas familias nació don Camilo Olivares. Sólo siendo del barrio de San Lorenzo y de una familia como la suya podía ser Don Camilo como era Don Camilo. A quien Giovanni Guareschi le jugó una mala pasada, poniéndole su nombre al cura de una novela humorística de gran fama y predicamento precisamente en los años en que Don Camilo Olivares había ganado prestigio y popularidad con sus predicaciones, en su gran tirón de la pastoral de la Palabra. Nuestro Don Camilo, gracias a Dios (vecino suyo en San Lorenzo) no tenía nada que ver con el cura italiano homónimo de la humorística novela de Guareschi, ni que enfrentarse con el alcalde comunista Don Peppone, sino con algo mucho más grato: Sevilla y su ministerio sacerdotal, como ser director espiritual de la Hermandad del Gran Poder, cualquier cosa.

Don Camilo me distinguió con el honor de su amistad y no eran raras sus llamadas telefónicas para proponerme asuntos para un artículo o urgirme alguno en defensa de alguna noble causa. A propósito de teléfono: el de la casa de Don Camilo, una pieza de museo, quizá fuera el último teléfono de pared, de los negros y con disco de marcado, que quedaba en Sevilla. ¿Saben uno de los últimos asuntos para los que me llamó, animándome a escribir sobre él? Lo que menos imaginarse pueden: para que defendiera los títulos históricos de Sevilla como lugar de fundación de la Marina de Castilla por San Fernando para que la Armada no suprimiera la Comandancia Naval ni abandonara el antiguo pabellón de Vicente Traver de la Exposición del 29. Creo que, más que por mi artículo, fue por la mediación directa de Don Camilo que la Armada no suprimió la Comandancia de Marina.

Desde ese teléfono de pared, yo creo que Don Camilo tenía hilo directo con Dios y con su Rey. Con el Rey de Reyes que está en los cielos de San Lorenzo y con el Monarca que en cada momento encarnaba a la Institución que le enseñaron a amar y a respetar en su casa, con aquella frase maravillosa del padre de Don Camilo que recogió Navarro Antolín. Les decía:

— Niños: en esta casa el Papa, el Rey, el Cardenal y el cura de San Lorenzo nunca se discuten.

Por eso no me extraña que Don Camilo me tocara los costados por la Comandancia de Marina. Por España. Oyéndolo, me parecía escuchar a su padrino de primera misa ante la Virgen de los Reyes junto con Doña María de las Mercedes, a Don Juan de Borbón en su abdicación. “Por España, todo por España”. Y Don Camilo, muy a la sevillana, le añadía una media verónica, como de Manuel Machado: “…y por Dios”. Llevó la Palabra de Dios a todos los rincones y ámbitos sociales de Sevilla, de los salones con corona a los ajusticiados. Sirvió a Dios, a la Reina de los Reyes y a sus Reyes de España. Cuando en la Catedral de Sevilla había canónigos, beneficiados y capellanes reales, a Don Camilo Olivares, aun siendo calonge y prelado doméstico de Su Santidad, lo conocíamos más que nada como capellán real. Capellán de la Virgen de los Reyes y capellán de aquella Reina de España en el destierro de Estoril que había sido su madrina de primera misa: Doña María de las Mercedes, la augusta abuela de nuestro Rey Don Felipe VI (q.D.g.). Heredó del Cardenal Spínola, que fue párroco de San Lorenzo, la entrega a la obra de la Palabra de Dios, y heredó del Padre Bandarán el servicio espiritual a la Corona de España y a sus reales personas. Don Camilo, que pisaba con igual naturalidad los salones con coronas que los pasillos de los hospitales, ya estará para siempre con sus Reyes, a los que sirvió toda su vida: con el Rey del Gran Poder de San Lorenzo, con la Reina de los Reyes y con aquella Reina de España de la que fue capellán y a la que en su destierro de Estoril visitó de cura recién ordenado, y que se llamaba Doña María de las Mercedes de Borbón y Orleáns.

Antonio Burgos

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