EN CUARENTENA

Cofrades a la violeta

«Estos pretenciosos culturetas que hablan de oído buscando la solvencia en cuatro citas mal dichas son los maestro liendre de toda la vida»
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Ahí están, en charlas públicas, privadas y domésticas; tertulias instituidas y caseras, conferencias pseudosesudas, pregones, exaltaciones, meditaciones y demás zarandajas de medio pelo confeccionadas a mayor gloria propia y satisfacción de los que escuchan, amén de cafeterías torrijeras de postín, tabernas con carteles de imágenes de antes de su primera restauración y bares filiales de la casa hermandad. Hablan, hablan y hablan, pontificando por doquier para todo aquel que, por pura educación, no los mande al extinto limbo sin antes amortajarlos en solidificadas volutas de incienso.

Son los cofrades a la violeta, personas, personajes y personajillos que Joseph Vázquez, pseudónimo del gaditano y gran literato y militar José Cadalso y Vázquez de Andrade, bien pudo convertir en destinatarios de una hipotética octava lección de su imperdible sátira  «Los eruditos a la violeta», añadiendo un día inexistente pero necesario a la semana: el de soltar a diestro y siniestro esos barnices de la inigualable sapiencia semanasantera que creen poseer, y sí, en un rinconcito muy escondido donde quede una brizna de honestidad, intuyen «clarividentemente» que no la tienen, da igual, se trata de que lo crean los demás.

«Épica cofradiera«, podría haberse titulado el capítulo que vendría a completar el compendio para manejarse cual sabio universal que escribió Cadalso para los que «pretenden saber mucho, estudiando poco». ¿Quién no se ha cruzado y ha estado obligado a tratar a alguno de ellos? La Cuaresma es su tiempo predilecto y preparatorio de su apogeo. Cuarenta días para desarrollar su aparato artificioso y sin base alguna para describir tal o cual imagen, palio, canastilla, jarrita, candelería, varal o insignia procesional -todo cabe-, con adjetivaciones tópicas, sin olvidar referencias históricas difusas, y sin evitar alzarse como furibundos defensores o acendrados detractores de lo que venga al caso. La faceta lírica y pretenciosa de este ganado, que nunca se organizará en gremio porque su vanidad se lo impide, es una de sus mejores bazas frente a auditorios crédulos, poco críticos, con buena voluntad y sin mala leche. Todo vale para unos y otros.

Autodidactas son en su mayoría estos cofrades a la violeta, instruidos en boletines ordinarios y extraordinarios, asiduos a san Google como documentación para preparar sus disertaciones públicas, y alimentados con referencias del boca a boca transmitidas muchas veces por otro presunto erudito más viejo y con menos fuelle, que, indudablemente a beneficio propio, los haya acogido en su sacrosanto seno.

Estos pretenciosos culturetas que hablan de oído buscando la solvencia en cuatro citas mal dichas son los maestro liendre de toda la vida, presentes en las hermandades y su amplio, enorme, círculo aledaño. Son los que acaban convirtiendo los actos de las cofradías en saraos «cofratas», los que venden palabrería cada vez más baratas con la sensibilidad y la preparación de un filisteo. Ya lo dejó escrito Cadalso: «Júpiter os guarde de todo mal; pero sobre todo, de un mal erudito».