Las hermanas de la Cruz rodeando a la Amargura en 2010 / KAKO RANGEL
EN CUARENTENA

De la azucena al nardo con las Hermanas de la Cruz

«Las Hermanas de la Cruz son las versales de un tiempo escrito en minúsculas, en el que lo excepcional de sus vidas las convierte en sobrenaturales»
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En la Casa Madre nunca se detiene el tiempo de la entrega, ni siquiera para las artes de cantar, con imposibles voces de la mejor vida por venir, las alabanzas al Señor que está en los cielos que Sevilla pierde cuando se aleja de sí misma y que gana cuando mira pasar a las Hermanas de la Cruz, caminando con sus gastadas alpargatas, envueltas en la aspereza intocable del hábito de estameña sobre el que los velos negros y blancos hablan al aire de mística liviandad en la pura contradicción del ser y el no ser.

El gran crucifijo que remata los rosarios que penden de sus cinturas es cíngulo y ofrenda para que los besos de los devotos transeúntes les lleguen a los enormes corazones que arropan y amparan todas las miserias, todas las necesidades, todas las vidas y todas las muertes, amortajadas con las mismas manos trabajadoras y delicadas que visten a la Virgen de los Reyes y al Niño, las que cortaron la conventual blanca azucena para que aquel lejano mayo de 1964 la Esperanza Macarena la mostrara en su mano, las que acarician sin rozarlo, en un tránsito de aire, el rostro de la Amargura, que lleva prendida cada Domingo de Ramos la corona de su nueva santa reconocida: Madre María de la Purísima.

Las Hermanas de la Cruz son las versales de un tiempo escrito en minúsculas, en el que lo excepcional de sus vidas las convierte en sobrenaturales. Y no hay nada más alejado de sus intenciones, que se trenzan en cestos tan humildes como quiso Santa Ángela de la Cruz para que sus hijas no se apartaran de la misión del Señor, que da rostro a cada pobre, a cada necesitado, a cada perdido espiritual.

Esta semana el Ateneo, con el bueno de su presidente, Alberto Máximo Pérez Calero, a la cabeza, les entregaba la medalla de oro de la docta casa, reconocimiento otorgado por una institución laica y aconfesional que recogió María Victoria García Bernal, maestra del Colegio Ángela Guerrero, porque las Hermanas de la Cruz, en su acendrada modestia, huyen ejemplarmente de cualquier protagonismo que no sea el de su presencia vislumbrada en las calles, esperando el autobús, llamando a una puerta detrás de la que siempre habrá enfermedad, miseria, dolor y muerte.

El director de ABC de Sevilla, Álvaro Ybarra, trazó la bella laudatio, en la que hiló con admiración el espíritu del carisma de la Compañía, incomprensible para el mundo de la prisa, la envidia, el egoísmo, la avaricia, la ignorancia del prójimo sufriente y la satisfacción de los placeres. «El Instituto de las Hermanas de la Cruz —dijo— es una de las mejores cosas que le ha pasado a Sevilla en el último siglo y medio». Nada más cierto. Denunció el escándalo de los radicales que pretendieron borrar del callejero los nombres religiosos y se hubiera llevado por delante el de Santa Ángela que sustituyó a Alcázares en 1932, que fue rotulado por un sabio y agradecido Ayuntamiento republicano. Y no fue una contradicción entonces. Como tampoco es hoy que desde el laicismo imperante se respete la labor, en muchas facetas desconocida, de las Hermanas de la Cruz.

Sabe Sevilla, a pesar de la atonía y la laxitud que coloniza sus calles, que las Hermanas de la Cruz están tan cerca del Cielo que son capaces tanto de aventar entre los pliegues de su estameña todos los males del mundo como de bajar a regalar sus cantos de voces finas, únicas, hasta las mismas puertas de su Casa Madre para ser parte de la estampa del transcurrir de su Amargura en la noche del Silencio Blanco, del grabado de su Esperanza Macarena de vuelta a la basílica cargada de cansancio de muchacha que retorna a la luz salvadora de la casa materna, del dibujo de la confianza en la Resurrección de la carne en el principio del fin de la Pasión.

Y luego, de la dureza diaria de la tabla para dormir un día sí y otro no, se transfigurarán, ya en el ferragosto sevillano, en leves imágenes entre muros renacentistas para elegir las sayas y mantos de la Virgen de los Reyes y las ropitas del Niño guasón que siempre calzará los zapatitos de amor y devoción de la madre de Antonio Burgos. Y los vestirán en solitario tras la puerta de la sacristía de la Capilla Real mientras la ciudad duerme la siesta eterna de los párvulos que creen merecer todos los regalos.