Lutgardo García durante el Pregón
EN CUARENTENA

El brillo del pregón de Lutgardo

Lutgardo García, poeta del Pregón de la Semana Santa
Por  2:30 h.

Cuando se apagaron los focos del Maestranza, entre la verdad que quedó suspendida en el aire, lució la ojana fácil de quienes no saben más que de nombres de poetas y de sus versos más repetidos, para los que el escalofrío sólo puede ir unido a escuchar explícitamente la advocación de su devoción, para los saboreadores de la figura retórica masticada que busca la lágrima a fuer de dejarse llevar por el populismo del tópico y para los que la metáfora ha de ser fácil, sin abstracciones ni complicaciones y la rima efectiva, sencilla y clara, y muy sonora, aunque haya que sucumbir al puro ripio.

Ojana tan sevillana pocas veces aparece tan diáfana y mediática como al término de los pregones de la Semana Santa, tras los que los que aparecen el pantallas o suenan en la radio los que adjetivan siempre con los mismos términos, como si no nos conociéramos todos ya y como si en los pretendidos petit comité de toda la vida en la cofradiera taberna no soltaran la lengua. Las redes, aun con los nombres reales de los opinadores, mostraron un ápice más de sinceridad en sus personales críticas: “frío”, “sin pellizco”, “monótono”, “aburrido”, “sin emoción”, para rancios y pelotas

El pregón de Lutgardo García Díaz (no debe olvidarse a esa madre que le aconsejaba los días previos cuidar su frágil voz), fue brillante, no de fulgor de oropel y purpurina, sino del que se arranca a la plata buena y heredada, guardada en los cajones de los aparadores familiares, e incluso la que queda para ocultos museos más de la memoria que visitables por turistas en calzonas cortas y camisetas sudadas.

El pregón de Lutgardo García no era de aspavientos y entonaciones aprendidas, repetidas y ensayadas ante el espejo de los efectivismos y las declamaciones estentóreas. No cabían sin traicionar su honestidad de puro poeta. No buscaba con gracejos de entendimiento colectivo la complicidad del público ni convertirse en un recitador del nomelclator de las advocaciones para quedar bien con todos. Él había repetido, una y otra vez, que sería su pregón, el de su verdad. Y su verdad, que sólo él conocía y que sólo a él pertenece, es lo que compartió con Sevilla con la sinceridad emotiva de arrancarse, con gusto y delicadeza, sus sentimientos para mostrarlos a la ciudad que se apresta a vivir lo que Lutgardo García, como cada uno de nosotros, siente a su manera. Sólo que Lutgardo, es sabio de versos.

La empatía, término manoseado en exceso, es fundamental para emocionarse con el texto de Lutgardo, en el que ha dejado a la luz sus raíces, sus sentimientos, sus penas y alegrías y hasta sus sueños y divagaciones sobre lo aprendido, escuchado, absorbido y reconvertido sobre algo que le apasiona. Ni más ni menos que la Semana Santa de Sevilla, cuya raíz  traslada al retrato en que, con la túnica de nazarenito blanco de cruz de Santiago,  llevaba los caramelos a sus abuelos a la casita baja de Pío XII.

Impecable, literariamente, encontramos imágenes esplendorosas, profundas, de impacto, para ser paladeadas en soledad en el libro editado del Pregón –ese sol transmutado en delfín de oro sobre el puente de Triana, la calle vista como un pez de escamas de colores, la pompa lunar herida por la lanza del centurión, el “disparo de flores de cera y bambalinas” al cielo, la “pátina de escarcha” en la mirada del Cachorro equilibrista, la confitura del llanto de la Amargura, las manos de su padre en medio de golondrinas becquerianas, y tantas estampas de impecable factura poética para narrar sentimientos …-

Y Lutgardo, es verdad: “Es tan bello saber que Dios nos ama”, porque en todo el texto, explícita o subterránea, estaba la fe sin el olor a moho de la sacristía cerrada, la alabanza a la caridad, la que personalizó en las Hermanas de la Cruz; la actualidad social, y hasta la reivindicación vital subyacente entre la belleza de las palabras de la nana al hijo heredero del nombre de su estirpe. Todavía habrá alguien que no ha sabido escuchar, ni leer, su pregón de la Semana Santa. Brillante.