Fernando Carrasco encarna al cartero real de las Vísperas este sábado
Fernando Carrasco, periodista de ABC de Sevilla
EN CUARENTENA

Fernando, mi compañero, amigo mío

«El frío de tu muerte fue de cuchilla letal rebanándonos las entrañas con la saña del hilo delgado de luna que se dibuja, engordando para el Parasceve, estos días en el cielo de la Cuaresma»
Por  3:01 h.

Todo el mundo evoca tu voz, Fernando, atronadora, llamándonos con diminutivos alargados, rozando el mandato de un capataz de martillo recio en excesivo misterio, que te divertían y nos hacían reír, cómplices de un compañerismo alentador para costaleros de las letras que pesan tanto como la liviandad de la intención. Yo recuerdo hoy tu silencio, ese callar con el que nos ha golpeado tu marcha, el que campaba ayer, como un verso malhadado, por los rincones de la Redacción, en la que sólo se respiraban la más demoledora tristeza y la inevitable obligación de seguir juntando letras para el periódico del día siguiente, el que ha salido hoy y en el que tu muerte es la noticia más indeseada. La vida seguía pasando y sonaba como un insulto al dolor que nos hacía recogernos en nosotros mismos pensando en ti, paralizados, incrédulos, rotos…

El frío de tu muerte fue de cuchilla letal rebanándonos las entrañas con la saña del hilo delgado de luna que se dibuja, engordando para el Parasceve, estos días en el cielo de la Cuaresma. ¡Cuántos cuarenta días de recorridos por el desierto hemos pasado juntos! Cuántas páginas hemos firmado al alimón cuaresmal antes de meternos, ya locos, en la Pasión, tu Pasión, que comenzaba con las hermandades de Vísperas que tanto cariño y reconocimiento tienen que agradecerte. Te veo siempre adalid: tú en tu moto recorriendo barrios el Viernes de Dolores y el Sábado de Pasión para darles el cumplido sitio por el que luchaste denodadamente en las páginas de nuestro ABC de Sevilla a esas cofradías que otros despreciaban. Fuiste homenajeado ayer en muchas de ellas. Igual que en todo ese abanico de sacramentales, glorias y penitencia, donde tu partida a la Casa del Padre se ha sentido profundamente.

Caían ayer los pétalos de los azahares, deshojándose en este destiempo que te ha raptado de la vida mientras disfrutabas de tu segunda obra, “El hombre que esculpió a Dios”, llevada al teatro, otro de tus amores, en el que diste aquellos primeros pasos en Valencina de la Concepción al lado de Julio Martínez Velasco y, como partenaire, a Rosa García Perea, la editora de Jirones de Azul, con la que has publicado tus tres novelas, la primera, “El último imán de Ishbiliya”, y, por desgracia, la última: “Inri”. Una parte de tu gran legado vital que queda en formato libro, demostrando cómo te volcabas en todo aquello que hacías, con un entusiasmo envidiable, con una dedicación admirable, con una entrega inigualable y una generosidad que a pocos, muy pocos, puede reconocérsele.

La música te apasionaba. Elvis Presley, al que rememoraste tantos veranos el 16 de agosto, fecha de su fallecimiento; la Electric Light Orchestra, las marchas que no dejabas de silbar, la copla, los carnavales gaditanos y El Selu y El Love y sus estribillos… ¿Ves? Ahora sí tengo que rememorar tu voz, tus remedos de cornetas y tambores, llenando la Redacción mientras, en esta noche tan oscura, que parece no tener alma por puro dolor, sabemos que no cabes ni en un periódico completo de casados inabarcables en una rotativa ni en el libro de coro más enorme en altura con espacio para las más mínimas y exquisitas grafías y miniados monacales.

En estos tiempos nuevos, caíste o te lanzaron a hacedor de contenidos digitales, y con el mismo ánimo y positividad que ponías en todo te dedicaste a esos reportajes de tapas, las mejores, que eras experto en ensaladilla y menudo, degustador de mojama y amante del bacalao seco en tiras; de las tascas y los bares, los más escondidos, los que servían la mejor Cruzcampo; de restaurantes de arroz… y de lo que fuera, desde colgar, inmediatamente, algún suceso que constatabas debidamente hasta levantar, con la mayor presteza, la información que lo requiriera, o elaborar un tema de cualquier índole política, social, cultural, que para todo valiste en impreso y digital.  Porque así es un periodista de raza, y como tú, rápido, efectivo, profesional, con parámetros de la tan desaparecida ética, hay pocos, muy pocos. (¡Fernan!, has sido trending topic. Sé que te gustará saberlo, infatigable escribidor de tuits para tus 7.700 seguidores y de post que leen tus casi 5.000 amigos de Facebook, redes que se han llenado de palabras para ti, de recuerdos sobre ti y de fotos tuyas que nos han taladrado el alma desde la mirada amiga tus ojos azules).

Ya sabes que soy poco taurina, pero te alabé siempre el conocimiento, la literatura y la plasmación de otra de tus grandes pasiones: la Fiesta Nacional, que regalabas cada domingo en el querido papel del periódico en tu página “Citando de frente”, epígrafe valiente que sirve para entender cómo afrontabas esta cosa injusta que es la vida sin más fin que la muerte.

Estos párrafos parecen un obituario, pero no lo son. Insisto, no hay espacio suficiente para que entren siquiera unas pinceladas sobre una vida. Y menos la tuya, en la que la fe era puntal. Afortunadamente, Libia y tú hicisteis ese viaje a Tierra Santa, el segundo que emprendías, y que te llenaba el alma de creyente y te reforzaba. Esa fe la prendías en tu hermandad, San Bernardo, en la que saliste tantos años con los pies descalzos bajo la túnica negra desde la parroquia en la que hoy, a los pies de tu Cristo de la Salud, se ha oficiado la misa de tu funeral con estampa de palio de alamares para refugiarte; en el Gran Poder, bajo cuyo talón deslizo un papelito invisible por ti, tu mujer, tus hijos, Libi y Fernan; tus padres, Fernando y Julia, y tus tres hermanos, Juan de Dios, Julia y Álvaro; en la Esperanza Macarena, cuya medalla retorcía ayer sobre el féretro su doliente cordón de seda trenzado en oro y verde. Verde bético que defendías fervorosamente con ese convencimiento de certezas propias que ponías en todo aquello que había tejido tu vida.

A medida que pienso, juntándote dolorosamente estas letras incompletas, me refuerzo en no querer dejar entrar en mi cabeza, en lo más profundo de mi corazón, tu muerte. No lo creo, Fernando, no quiero creerlo. Sé, compañero, querido amigo de últimas confidencias en la esquina de Alemanes con la Avenida, que siempre estarás con nosotros.