EN CUARENTENA

Las «tradiciones» del Cabildo de Toma de Horas

Por  0:17 h.

Nuevamente, un amplio sector del capilleo autodenominado rancio –entendiendo el adjetivo en su más estricto sentido de tocino echado a perder– se han llevado las manos a las cabezas engominadas para lanzar improperios sobre la Iglesia, representada en lo que nos ocupa por el vicario general, Teodoro León, a quien se le ocurrió sacar el Cabildo de Toma de Horas de la Capilla Real en aplicación del documento sobre usos extralitúrgicos de las iglesias dedicadas al culto, que le permite “ejercitar libremente su potestad en los lugares sagrados y, en consecuencia, regular el uso de las iglesias, salvaguardando siempre su carácter sagrado”.

Días antes de su celebración conocía el Consejo de Cofradías que se buscaba otro lugar fuera de la Seo. El jueves se encontró y se notificó convenientemente, tras lo que llovieron las peticiones insistentes en Palacio, donde incluso tuvo lugar una reunión y se recibió un escrito de los hermanos mayores con razones históricas y tradicionales. El vicario reconsideró el viernes su postura y siguiendo las directrices del mencionado documento también pudo aplicar una dispensa para realizar este acto en la Capilla Real. Igualmente se le echaron encima los  cofrades del universo de las redes sociales y demás vías comunicacionales al uso y desuso.

En el meollo de los argumentarios sí que hay tela que cortar. Hay quienes han apelado a la tradición del Cabildo de Toma de Horas en la Capilla Real, cifrándola nada más y nada menos que cuatro siglos y pico atrás. Pues esta reunión protocolaria llevaba ya recorrido el antecabildo, la sacristía mayor, la sala capitular, la sacristía de los cálices, los días y hasta las noches y en diferentes días cuaresmales-. En ella se leen los cambios de itinerarios y horarios que se gestan en distintas sedes canónicas y San Gregorio y el deán y vicario general las rubrica, no sin que surja algún descontento, alguna salida de tono y siempre con las históricas reivindicaciones por delante. Se trata, dijo Teodoro León, “de un acto administrativo”, “no de una celebración litúrgica ni piadosa”, aunque, indudablemente, se reviste de una cierta solemnidad precisamente por ser acogido en la Seo.

En sus principios, desde que lo institucionalizara el cardenal Niño de Guevara en 1604, el  vicario general disponía las calles por las que debían discurrir las cofradías y sus horas de salida. Nada más lejano a la actualidad, cuando sólo se clama a la Iglesia cuando no hay quien resuelva los problemas creados, a los que para esta Semana Santa se ha dado una solución perentoria que muchos auguran acabará en debacle. Y en esta ocasión, lo que no se puede negar es que el vicario general ha tomado la bandera de la defensa de las hermandades del Jueves Santo, oprimidas y castigadas, y hará en adelante uso de su prerrogativa de fijar por decreto el horario de inicio de la Madrugada y que no vuelvan a salir perjudicadas las primeras.

Quedan un par de razones, entre otras muchas, a tener en consideración. La primera ha sido la conveniente tendencia del capilleo a enarbolar la pertenencia a la Iglesia de las hermandades para temas como este de reivindicar el fuste del marco catedralicio. Lo cierto es que cuando se trata de cuestiones de calado que demostrarían el primer aserto, como la caridad o la formación, o, simplemente, darle su lugar a la autoridad eclesiástica, el tejido humano cofrata es de ideas rabiosamente autonómicas e independientes.

La segunda, sí, ciertamente, es de cogérsela con papel de fumar. Son las visitas culturales –cuyos emolumentos mantienen y dotan tantas obras necesarias de la Archidiócesis–, que no están recogidas como tales en el documento de los usos extralitúrgicos, que están siendo usadas como arma arrojadiza y que merecen reflexiones aparte, incluidas las referidas a las exigencias de la Junta.