Colas para visitar la Catedral de Sevilla
Colas para visitar la Catedral de Sevilla
CABILDO EXTRAORDINARIO

Paguen por visitar las iglesias o callénse

Por  0:24 h.

¿Es lícito reclamar la apertura de las parroquias, iglesias, capillas, conventos y lugares sagrados de Sevilla mientras nadie está dispuesto a pagar ni medio euro por visitarlas?

Sí, en los contextos reduccionistas y demagogos de los que supuestamente son de la cuerda eclesial (por aquello de declararse católicos) y en los de la acérrima postura de la distorsionada izquierda en contra de la posesión de la Iglesia de sus bienes, que, por puro populismo, reivindican a disposición del pueblo, su propietario de facto (ojo, en su acepción de ni ajustarse a una norma previa).

El patrimonio es de todos, pero que lo paguen otros. El de la Iglesia, en el conjunto de los bienes muebles declarados Bien de Interés Cultural, supone más del 85 por ciento del total que atesora Sevilla. Las administraciones juegan a hacerse la foto, a los brindis al sol, y dejan caer en la nada las promesas o se dedican a poner cortapisas en forma de requisitos, de normas y leyes sin contraprestaciones. Ejemplos hay a decenas y ahí están las hemerotecas para quien, antes de opinar, quiera informarse.

La sociedad civil adormecida (un invento que funciona en muy contadas ocasiones) responde a muy pocos acicates; se preocupa hipócritamente en tertulias de barra de bar o de medios de comunicación, que para el caso sirven para lo mismo: nada. Lo sevillanamente correcto es espantarse por el estado de determinados monumentos de la Iglesia, es indignarse por la falta de predisposición de los políticos, es lanzar la piedra y cerrar los ojos.

La realidad palmaria es que muy pocos civiles están interesados en colaborar efectivamente en la conservación de su espléndido patrimonio. Ni pagando un pequeño óbolo por visitarlo y contemplar las obras de arte que contienen.

El globo sonda del arzobispo, monseñor Juan José Asenjo, de que estaba estudiando la posibilidad de abrir los sábados los Salones Nobles de Palacio a las visitas turísticas por el precio de tres euros —la mitad sería para la acción social de Cáritas— provocó alguna crítica y mucha indiferencia. No interesa saber que las visitas, que atraían a cientos de personas, fueron suspendidas por el coste económico que suponían para la Archidiócesis, pero si preguntar por cuándo volvían a programarse.

¿Alguien se pregunta cuánto cuesta, qué medidas de seguridad, de protección, de adecuación, de acceso de minusválidos, de instalación de servicios… qué exigencias por ley y que parámetros debe cumplir un monumento para poder estar permanentemente abierto al público?

Muy probablemente, los que disfrutan de las joyas que guardan los enclaves de la Iglesia de Sevilla son los foráneos, españoles y extranjeros, que sí están dispuestos a pasar por taquilla. Y ahí está el ejemplo de la Catedral, que nutre de pingües ingresos a la Archidiócesis gracias a la visita turística, y que es tan desconocida para el general de Sevilla: ¿saben dónde está el tenebrario y para qué se utilizaba? ¿se han topado con el cenotafio y saben la historia del obispo Baltasar del Río? ¿conocen a la Virgen del Reposo? ¿que monje echó una enorme culebra por la boca y delante de qué imagen lo hizo? ¿saben en que lugar de la Seo hay murciélagos de Valencia?…

Miren el esfuerzo que se está haciendo con Santa Catalina (más de diez años cerrada al culto) y con Santa María la Blanca, pasénse por la capillita de San José, maravilla barroca que se viene abajo, pregunténse por los conventos de clausura, que sobreviven a duras penas -Santa Inés, Madre de Dios, San Leandro…- en viejos inmuebles que requieren actuaciones inmediatas para no caer en la irreversible ruina a la que están abocados.

El reclamo del gratis forma colas kilométricas y noveleras. La petición de una pequeña limosna a los sevillanos para mantener y poder mostrar a la vista el espléndido patrimonio sacro que también les pertenece aleja a las moscas.