Jóvenes viendo pasar las Cigarreras
Jóvenes viendo pasar las Cigarreras
EN CUARENTENA

Paisaje con figuras cofradieras

Por  1:29 h.

En el amplísimo arco humano del mundo cofradiero las modas van y vienen y algunas se mantienen para oprobio, guasa, mofa, bufa y auténtico muestrario de esta ciudad de María Santísima, más preocupada de formas que de fondos, más atenta a la propia estética al uso que al tiempo que se vive, en el que falta una lluvia de sobriedad, de seriedad y de introspección.

Rememoremos en un barrido de cámara un mosaico de lo que salpica el paisaje, como si de un parque de fieras se tratara. Patillas de hacha y mentón rasurado; intento de barba hipster -modalidad urbana-, y pelo repeinado a lo sevillano; melenita perviviente del siglo pasado, estudiadamente alborotado –esa que siguen usando algunos políticos y periodistas-, o el eterno pegado a la calavera y acaracolado en el cuello con toque de apariencia pringosa; traje de chaqueta que aprisiona la cintura dejando una especie de breve y discretísimo tu-tú, oscuro y dentro de los cánones cromáticos, más grotesco cuando se despliega libere sobre generosas caderas; faldita negra, mínima, y escote casi obsceno, sólo salvado por la medalla y el cordón de la hermandad.

Ostentoso abrigo de inaceptable piel animal en un traslado o vía crucis de horas vespertinas de algún día de este febrero acompañado de bailarinas a pelo de pie; chupa de plumón para fríos pirenaicos de mucama recién salida de lavarle la cara a los polvos señoriales a cualquier casa venida a más, o a menos; niñatas, antes preadolescentes, repintadas como puertas y con peligro de reventar costuras propias; niñatos con tupes de espadaña o pináculo gótico, corte casual o «emo», igualmente embutidos en varias tallas menos; bebés, terribles infantes arrojados a la frontera de lo cursi, con pantaloncillos de tirantes que les suben los testículos hasta la barbilla, con blusitas de jaretas, vestidos igual que sus hermanitas… y no olvidemos la reserva de canicofrades, que aún quedan especímenes venidos allende el casco histórico, donde alguno tiene delegación.

De este paisaje terreno y tan humano de espectadores y participantes cultuales en el que es inevitable fijar la vista, salva elevar la mirada hacia la Imagen que aparece. Sólo queda limar hasta el hueso, que será desecho entre flores muertas, el sentido que nos guía a ponernos frente a esas devociones o espectáculos para el espíritu o la vista. Ustedes me perdonarán, pero algunas esperas se hacen muy largas.