La Borriquita bajando la rampa del Salvador / J. M. SERRANO
La Borriquita bajando la rampa del Salvador / J. M. SERRANO
EN CUARENTENA

Pasión divina y humana

«Hoy, Sábado de Pasión, la ciudad teme que el cielo se rompa, que se detenga el principio del fin que ha empezado a tejerse en estas Vísperas, que han recordado a Fernando Carrasco»
Por  0:06 h.

Ya ha comenzado. Cristo va camino del Calvario desde los primeros barrios, que se han vestido de Pasión, siempre con mayúsculas. Ayer y hoy, la humildad y el empeño que nace en los confines físicos que no espirituales de Sevilla, plantan en las calles, en las anchas avenidas, entre caseríos bajos y bloques altos, mucho más amor verdadero que el que se presupone en algunos de los más rancios y viejos recodos del histórico Centro de la muy religiosa ciudad. Detrás cargan algo mucho más precioso: un aval de obras caritativas y sociales imprescindibles para hacer frente a tanta necesidad no cubierta por burocráticas e insensibles administraciones. Es una de las realidades que hay que potenciar, atesorar e inscribir con letra de oro puro en los nuevos anales de las hermandades y cofradías de Sevilla.

Hoy, Sábado de Pasión, la ciudad teme que el cielo se rompa, que se detenga el principio del fin que ha empezado a tejerse en estas Vísperas, que han recordado a Fernando Carrasco -defensor a ultranza de las nuevas corporaciones-, en forma de crespón negro abrazando un varal de la Virgen del Dulce Nombre de Bellavista, en cuyo comedor social colaboraba todos los veranos. Su nombre dorado sobre la cinta de luto fue un honor merecido y una puñalada de recuerdo que aún no ha cuajado por culpa de la incredulidad ante su marcha, tan prematura, tan insultantemente dolorosa.

Y esta es la realidad de la pasión, ahora en minúscula, en desequilibrio entre lo divino, tan eterno como literario, y lo humano, absolutamente precario y literal. Todo está escrito en una partitura que nos hace mirar al cielo con esperanza y nos lanza al suelo para despedazarnos cruelmente con cada pérdida.

El tiempo corre a favor de la muerte.  Es la certeza que nos hace arrojarnos a la vida con los ojos de la razón y de la fe cerrados. Y es la muerte del Hijo de Dios por nosotros lo que contradictoriamente celebramos en estas calles que se abarrotan al paso de las bellas estampas representadas en misterios y palios que jaleamos, aplaudimos y disfrutamos como si sólo fueran la secuencia estética de un teatro móvil, plagado de sensaciones y emociones pero ciertamente ajeno a nuestra existencia.

La Pasión de Cristo y su hermosura visual según Sevilla deben hablarnos de sepulcros en los que va colándose la confianza en la Resurrección de nuestro Señor de entre los muertos y en la promesa de vida eterna para nosotros.