EN CUARENTENA

Pellejo cuaresmal

«Es Cuaresma todo el año en su vertiente epidérmica en la ciudad de la gracia, de la ojana y del cuchillito apuñalando la espalda del nunca inocente prójimo»
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En Sevilla es Cuaresma todo el año. Pellejo cuaresmal más bien, que de fondo de armario para la preparación, la conversión y el  sacrificio hay poco o nada, ni siquiera tras el aldabonazo del Miércoles de Ceniza -travesía del desierto para los puros y festín cofradiero para los superfluos-, día señalado en el que los fieles acuden a que el cura les marque la frente con la cruz del tremendo “polvo eres y en polvo te convertirás” de la vida, que se queda en latiguillo para archivar en las más escondidas rinconeras cerebrales, aturdidas ya en el ansia de las cornetas y tambores lejanos.

Es Cuaresma todo el año en su vertiente epidérmica en la ciudad de la gracia, de la ojana y del cuchillito apuñalando la espalda del nunca inocente prójimo. Y eso aburre y resta emoción al tiempo verdadero que precede a la Pasión y a la Pascua de Resurrección. La saturación de noticias, actos y actividades, más polémicas y controversias de medio pelo unas, derivadas de posturas ultramontanas (en su sentido territorial) otras, de estas nuestras hermandades y cofradías, marcan el calendario anual abrumando, aturrullando e incluso molestando, como cualquier exceso.

En Sevilla, muchos llegamos a la Cuaresma temporalmente real, esa que los papanatas, cursis y entusiastas relamidos felicitan en las redes sociales y demás mentideros de las nuevas tecnologías, más que hartos. Miramos hacia los cuarenta días que desembocan en el Domingo de Ramos y se nos ponen los pelos como escarpias, esperando ese tsunami verborrágico de loores exaltados, estéticamente intolerables y profundamente banales, que surgen de las miles de gargantas pregoneriles amateurs, y esa ristra de detalles nimios y prolijos que manan de los aledaños de las cofradías, y de los que, sin criba ni concierto, nos hacemos eco sin solución de continuidad en demasiadas ocasiones.

La eterna cuaresma sevillana de más de nueve meses, si quitamos benevolentemente las Navidades, la Feria y el mesecito de vacaciones –donde tampoco se hurta del todo el espíritu cofrade de los más recalcitrantes-, acabará por romper definitivamente el significado de los cuarenta días en los que entramos, con unas directrices de la Iglesia que se obvian laxa y convenientemente, y en los que solamente se intensifican la parafernalia, el oropel, la farfolla y lo meramente superficial. En este tiempo de cultos y recultos sí que se ven más llenos esos templos en los que viven las imágenes sagradas, tan veneradas ahora y tan solas frecuentemente. Que hay que dejarse ver.