EN CUARENTENA

Sevilla dice sí a Sor Ángela y no a la provocación

«A los dos días del fallecimiento de Madre Angelita, el Ayuntamiento republicano de Sevilla aprobó por unanimidad rotular la calle Alcázares con el nombre de Sor Ángela»
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El próximo día 2 de marzo se cumple el 84 aniversario de la muerte de Santa Ángela de la Cruz. Corría el convulso año 1932, en los inicios de la II República que desembocó en la fratricida Guerra Civil, tiempo en que las hordas descontroladas quemaban iglesias y conventos, saqueaban y destrozaban un patrimonio artístico sacro irrecuperable y hasta desenterraban y profanaban cadáveres de monjas, amén de otras atrocidades que siguen agrediendo la memoria. Aun así, a los dos días del fallecimiento de Madre Angelita, el Ayuntamiento republicano de Sevilla aprobó por unanimidad rotular la calle Alcázares con el nombre de Sor Ángela.

 “España ha dejado de ser católica”, fue la sonora y contundente frase que había pronunciado el 14 de octubre de 1931 Manuel Azaña, entonces ministro de Guerra y después presidente de la República, a los siete meses de la instauración del nuevo régimen, que, a pesar de garantizar en el artículo 27 de su Constitución el derecho de profesar y practicar libremente cualquier religión, permitió el escarnio de la fe católica con hechos y actos deleznables que comenzaron aquel mismo año con un tsunami anticlerical contra sacerdotes, religiosos y monjas, y  la destrucción de conventos e iglesias, entre otros muchos la capuchina Capillita de San José, que sigue padeciendo hoy en día los efectos dañinos del fuego provocado por aquellas turbas que sacaron la imagen carbonizada del beato fray Diego José de Cádiz para pasearla con mofa por Sevilla y lanzarla al Guadalquivir desde el Puente de Triana.

Todo esto, mínimo ejemplo de lo sucedido, es memoria histórica. Nuestra memoria como católicos, como cristianos perseguidos con hechos reales, burlas y ataques inicuos. Salvando apenas las distancias que marcan las más de ocho décadas que han transcurrido, sin pretender caer en alarmismos, la cuestión religiosa, campo de batalla en los años treinta, vuelve a caer en el centro activo del huracán de los nuevos tiempos que corren en el país, en el que, según qué gobierno y periodo, las relaciones Iglesia-Estado dejan de tener sentido por mor del segundo, que obvia el incalculable trabajo sanitario, educacional, caritativo y asistencial que llevan adelante las cáritas, las parroquias y las órdenes religiosas sin ayudas, subvenciones o prebendas de las administraciones.

En Sevilla se ha prendido una mecha de hilos retorcidos que ha servido igual para inflamar un conflicto que para alumbrar caminos. Ayer, un par de miles de sevillanos, en convocatoria no oficial, se concentraron ante el Ayuntamiento en el que se iba a votar una moción de Izquierda Unida, partido de capa y cola caída, secundada por expodemitas ansiosos de Participa, esos que jalean la procesión de la vagina de plástico, la del “Coño insumiso”, para eliminar del callejero nombres de honor y gloria de la religión católica, suprimir la presencia del alcalde y los concejales –que representan a la ciudad en su totalidad y en todos sus matices ideológicos y de creencias y tendencias- de los actos religiosos, además de desautorizar al arzobispo.

La provocación sigue servida en manteles de papel en platos hondos de laicismo irrespetuoso, ignorante y mal entendido, con irreverencia infantil y sin sustento, por quienes quieren alimentar a la confusa plebe con argumentos y propuestas peregrinas y resultonas para saltar a los medios. Frente a la bravata, que roza lo ofensivo, quedan las imágenes que esgrimieron, pacíficamente, ese gran puñado de sevillanos con memoria y con fe, mostrando las estampas de sus devociones, las cruces de sus rosarios y las imágenes de Santa Ángela de la Cruz: ¡quién se atreve con quien dejó para bien del mundo a esas parejas de monjas de estameña y crucifijo, sinónimos de la mayor misericordia y de la caridad más grande!