Castillo Lastrucci con 16 años / ARCHIVCO FAMILIA CASTILLO
REVISTA PASIÓN EN SEVILLA

El Castillo del Belén

Una charla con Castillo en las palabras del gran imaginero del siglo XX
Por  0:32 h.

Cuesta recuperar el espíritu borroso, dominado por el sepia y los jirones del tiempo, que respiraba la Sevilla de Castillo Lastrucci. Cuesta reanimarlo, revivirlo, darle un soplo vital para que vuelva a encenderse y a tener vida, caminar junto a los pasos del maestro en su taller, trabajando con sus hijos, alborotado por sus nietos, tan niños y tan abiertos a la magia del barro, de la gubia, de la estimulante ensoñación que allí había tomado asiento. No hace mucho tiempo, en el pasado mes de noviembre, pude entrevistar a una testigo directa de aquel mundo que hoy se guarece de la tempestad del paso del tiempo en fotografías, recortes amarillentos de prensa y en su magnífica y delicada obra imaginera. Mi entrevistada era una de aquellas niñas, nietas del artista, que contaban las horas de caramelo en el dulce reloj de su infancia para poder bajar al taller a ver trabajar al abuelo. Verlo y embobarse con él, con sus manos, con la maestría de sus trazos dibujando bocetos, con la capacidad de los creadores, que no es otra que convertir una idea en un  sueño que se toca, se vive y se siente. Aquella niña es hoy una señora que se entregó a las Bellas Artes y da clases a un grupo de alumnos. Resulta una necedad pensar que su vocación y su pasión fueran ajenas a aquellas escapadas diarias al taller de Castillo. Se llama María Teresa Moreno Castillo. Y es una delicia hablar con ella.

Teresa tiene la afabilidad, las buenas maneras, la educación y el dulce acento de otros tiempos. Memoria privilegiada que administra a mayor gloria de su abuelo y que envuelve en modales que ya no se llevan. Oírla hablar de su abuelo es, precisamente, eso: adentrarse en el álbum familiar, donde Castillo posa en el taller, donde Castillo se fotografía con sus hermanos, donde Castillo le cuenta historias fabulosas a sus nietos, construyendo en la fantasía fértil y abundosa de la edad sin tiempo, los mundo ingrávidos y gentiles, como pompas de jabón al viento, que llenan los corazones de los niños sin lugar para el miedo. Bien lo hizo cantar Hilario Camacho cuando escribió versos tan lindos para “El agua en tus cabellos”. Teresa me habló en aquella entrevista del abuelo mejor del mundo, del hombre que susurraba en silencio con nuestras madres universales para, después, traducir su Dulce Nombre o su Esperanza más trianera, al lenguaje visual de los mortales. Además de eso, también, llegado diciembre, Castillo les hablaba a sus nietos de Belén.

¿Y quién mejor que el fino imaginero y acreditado retratista para montar un belén, un nacimiento, a sus nietos? Eran días aquellos de niños satisfechos, ajenos a los renos del gordo vestido de rojo, lejanos varias galaxias del mundo averiado del consumo, niños que soñaban con los magos de Oriente mirando por los cristales de las ventanas un universo solo al alcance de su sensibilidad, dejando la huella de su misterio en el vaho garabateado por sus dedos en el aliento sobre el ventanal. Días que los niños sabían que el único norte posible era la sala del teléfono de la casa familiar, con una mesa camilla enorme, donde  Castillo montaba el nacimiento con sus nietos y mientras colocaba el río plateado, las palmeras samaritanas, los pastores asombrados y la calefacción animal del portal, iba enseñándoles el significado de la composición y de las figuras. Un lenguaje didáctico y pedagógico que nada tenía que ver con el plástico de hoy donde, por colocar lo incolocable, hemos visto nacimientos con castillos de play mobil para asombro del mismísimo Herodes. La fantasía al poder. Ahí os dejo una estampa familiar e infantil de Castillo montando con sus nietos el nacimiento. Lo que yo hubiese dado por estar allí y llevarle el musgo de terciopelo verde que se acurruca de los inviernos a los pies de las columnas de Itálica, donde se alistaron los legionarios que desfilan por primaveras en las canastillas más imperiales de nuestra Semana Santa.