Un carrito de la Cruz Roja entre los nazarenos de San Esteban
Un carrito de la Cruz Roja entre los nazarenos de San Esteban
EN CUARENTENA

Cuaresmitis aguda

«El TAC era imprescindible. La Tomografía Axial Cofradiera dio como resultado un diagnóstico más que previsible. Cuaresmitis aguda con neurosis vesperal y síndrome de Kim Narius»
Por  1:45 h.

Pidió la venia en la sala de triaje y luego preguntó si le podían dar dos minutos más de paso. Fue guiando al enfermero que lo llevaba en la camilla. ¡La izquierda alante y la derecha atrás! ¡Menos paso quiero! El camillero no daba crédito a la pregunta que le hizo aquel enfermo que exigía un botellín de oxígeno con olor a azahar.

-Oiga, ¿ustedes se han planteado un cambio de recorrido para despejar la sala de espera? Intuyo que existe la posibilidad de que las camillas que vienen de vuelta de radiología tengan que esperar a las que entran en la carrera oficial tras pasar por el palquillo de triaje…

La doctora lo auscultó. El corazón redoblaba como el tambor de Hidalgo. Al respirar profundamente, un olor a incienso llenó el aire de la consulta. No dijo treintaitrés, como es costumbre, sino que se puso a contar nazarenos que pasaban por su calenturienta imaginación. Por parejas. Por tramos. Ahora las insignias con las cuatro varas. Y la bulla de cirios verdes o morados delante del paso.

El TAC era imprescindible. La Tomografía Axial Cofradiera dio como resultado un diagnóstico más que previsible. Cuaresmitis aguda con neurosis vesperal y síndrome de Kim Narius. Los análisis de sangre y de orina vinieron a confirmarlo. Glóbulos rojos bordados en oro. Leucocitos de sarga. Plaquetas neobarrocas. Velocidad de la sangre a paso racheao. Y una orina espumosa como la cerveza que trasegaba entre concierto y conferencia. El oculista le detectó una malformación de la visión producida por la ingesta visual de diapositivas en sus años mozos, cuando aún no se llevaba el selfie delante de los pasos o de las bandas. Y el otrorrino comprobó que sus tímpanos eran como el título de la novela de Pérez Reverte: la piel del tambor.

Después de sufrir un parón en la sala de espera entró en la UCI. La Unidad de Capillitas Intensivos estaba abarrotada. Cuando le sirvieron la comida -espinacas con garbanzos, bacalao con tomate y torrija- preguntó por la hora de la visita del pregonero. El enfermero no lo dudó y llamó al doctor Rodríguez Buzón, que aquel día estaba de guardia en Psiquiatría. Aquel paciente necesitaba una dosis de Ripioversiculina en vena para sobrevivir a la cuarentena.

Francisco Robles

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