Señor de Pasión en su altar de novena / RECHI

El cielo prometido

Por  1:55 h.

Escribes este Nodo bajo una luz que tiene nombre propio. Has vuelto al templo con hechuras de catedral, al lugar donde viviste aquel sueño de ser niño y nazareno. Con tus pesares, con tus miedos, con ese temblor que se siente cuando rozas, de pronto, el último verso que aparece en el reverso de una estampa. Una señora te la da mientras suena el Tuam Crucem como una caricia que sostiene el aire del Salvador. Azulea el vidrio de las vidrieras. Asciende el incienso como un retablo azul que remueve los cernudianos oros perdidos en la sombra del tiempo. Brillan los ciriales. Sobre un bosque de cirios que conforman un poema de Rafael Laffón, Jesús camina sin hacer ruido sobre sus propias huellas. Entonces lees ese verso y sientes el vértigo que te hace llorar por entro: El cielo que me tienes prometido…

Al final buscamos en la ciudad ese cielo que los psicólogos llaman de una manera y los filósofos de otra. El cielo de los poetas, que siempre dan con la palabra ajustada cuando siguen a Juan Ramón: “Hoy te he mirado lentamente, / y te has ido elevando hasta tu nombre”. Eso fue lo que te pasó. Dejaste que la mirada se reposara en esa lentitud de nube o de soleá, en esa belleza que rompe los moldes macizos del escalofrío. Y entonces la imagen dejó de ser un simulacro para elevarse hasta su nombre. Sin que nadie te lo explicara. Sin los razonamientos de David Freedberg en El poder de las imágenes, sin el Barroco que Leo Spitzer veía en nuestra Semana Santa, sin nada más que los ojos nublados por los años y por la emoción. Sí, lo viste. Reconócelo. Dilo claramente. Di que Juan Martínez, al que llamaban Montañés, no talló la madera. Di que esa imagen está sacada, como el Cántico de San Juan de la Cruz pero a golpe de gubia, de una palabra. De la palabra: Pasión.

Ahora ya puedes seguir escribiendo sobre esta ciudad contradictoria, sobre la vida que pasa a nuestro lado sin que nos demos cuenta. Para que eso no suceda, para todo sea algo más que cumplir con los ritos de la existencia, hay que vivir apasionadamente. No hay otra. Te dolerá el dolor por dentro, te apretará el corazón en las costuras, lo romperás de vez en cuando y tendrás que volver aquí para recomponerlo. Al sitio donde una mujer te trajo cuando eras niño. Es tu única herencia. Lo único que te dejó. No tienes más. Ni menos. Porque eso es el Todo.

Habrá quien no lo entienda. Y tú lo sabes. Porque cuando se escribe por dentro suceden esas cosas. Pero si alguien siente que tus palabras son el reverso de su silencio, entonces habrás vivido. Es la clave de tu oficio y de tu ser. De tu pasión por contar eso que está ahí, bajo las bóvedas de piedra donde el cielo prometido se cuela por los cristales celestes de la mañana. Llevabas un café en el cuerpo y toda la vida que te queda por delante. Entraste en el lugar donde permanece, intacta, la flor de tu infancia. Y ahora, en esta soledad que consiste en pensar en ti, sientes las mismas palabras que el poeta: Andas por dentro de mí. Ella es la luz que te queda. La luz que tiene el nombre de tu madre.

Francisco Robles

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