La Soledad, enmarcada por el reloj de San Lorenzo en la entrada / J. J. COMAS
La Soledad, enmarcada por el reloj de San Lorenzo en la entrada / J. J. COMAS
NO DO

La Soledad de Pedro Morales

Se ha ido en silencio, sin hacer ruido, el hombre que le puso música a la Semana Santa
Por  8:46 h.

Se ha ido en silencio. Sin hacer ruido. Llevaba un tiempo ausente, y los que conocíamos su situación también callábamos. Tal vez estuviera escuchando la música que había creado, como Beethoven hacía con sus obras en el periodo final de su vida. Se ha ido en silencio el hombre que le puso música a su Semana Santa. Porque la génesis de Esperanza Macarena, la marcha cuyo trío define a la perfección la nostalgia gozosa que sentimos cuando su paso ha pasado, es una historia tan hermosa como real, tan honda como sencilla. Iba don Pedro Morales detrás del manto que arrastra los sentimientos de la multitud. La Virgen había alumbrado el umbral de la Campana. Al llegar a Sierpes, el artista no pudo más y se metió en un zaguán. Dicen que siempre llevaba un pentagrama encima. Por lo que pudiera pasar. Y que allí garabateó los primeros compases de esa marcha que arranca como una explosión y que termina en la melancólica suavidad del trío. Exactamente lo mismo que sucede cuando vemos en la calla a la Macarena.

La semana pasada, un grupo de músicos le rindió un homenaje en el corazón de la ciudad. Este fin de semana ha sido la ciudad quien se lo ha rendido como sólo sabe hacerlo Sevilla cuando se lo propone. La Soledad de Pedro Morales, la marcha que nunca se interpreta el Sábado Santo detrás de la Virgen que abrocha la noche en San Lorenzo, sonó en el silencio de las calles solitarias. Porque estos domingos del largo y cálido verano, que habría dicho Faulkner si hubiera vivido aquí, Sevilla no se queda vacía. Eso sucede en ciudades si personalidad, sin historia, sin duendes ni misterio. Eso de quedarse vacía ocurre cuando una ciudad no tiene alma.

En las tardes abrasadoras de domingo, cuando la cercana canícula empieza a apretar las tuercas y los pernos de las calores, Sevilla se queda sola. Que es distinto. Y en esa soledad cruje la flama como caoba ardiente, como candelabro total sin guardabrisas que nos protejan del levante, como si el aire encendido fuera una inmensa candelería donde todos los puntos de luz se han unido en la candela que precede a la Soledad. Ese silencio es el mejor homenaje, el más íntimo, el que reciben los grandes poetas, los hijos desperdigados que se fueron y los que adoptó la ciudad para quedárselos. Don Pedro Morales no era sevillano de nación, sino de vocación. Por eso se entregó en esas partituras que nos parten el alma cuando las escuchamos en la amanecida del Viernes, o cuando las evocamos en las postrimerías del Sábado.

Calles desiertas, plazas donde se ha detenido hasta el tiempo, avenidas con semáforos que parpadean inútilmente. Balcones cerrados, ventanas protegidas por la ceguera de las persianas, zaguanes que antaño eran el refugio del frescor. Sevilla guardada en el cofre de la ausencia. Silenciosa como el sonido de la eternidad. Como la música de los astros. Pedro Morales se ha ido en silencio. Su obra se resume en esas dos composiciones que nos recomponen ante el enigma que nos espera. Porque la muerte es una suma de contrarios, un acorde imposible que él descifró. Soledad y Esperanza.

Francisco Robles

Francisco Robles

Francisco Robles

Últimas noticias deFrancisco Robles (Ver todo)