La Virgen de la Amargura recibe el sol el día de San Genaro / JAVIER COMAS
La Virgen de la Amargura recibe el sol el día de San Genaro / JAVIER COMAS
NO DO

La voz de la Amargura

La vida no tiene sentido sin la Mujer que es el sentido de la vida, como escribe Colón
Por  1:51 h.

Hasta ahora creíamos que la Amargura era una mirada, esa manera de volver la cara para que tanto dolor acumulado no hiriera a quien se enfrentara con la miel oscura de sus ojos. Hasta ahora estábamos convencidos de que la Amargura estaba encajonada en el Silencio Blanco del Hijo, en la noche que se queda sin palabras, en esa extraña belleza ajena al discurso que no se puede escribir. Desde el pasado martes sabemos que no es así, que la Amargura suena en una voz cansada por el tiempo y por la lluvia, una voz que aúna el poder de las entrañas con ese roce de lija doliente que está reservado a los colosos del cante.

Corrían los días recortados de diciembre cuando escuché esa voz en el teléfono, dulce voz en tuétano metida como diría Lorca: en el tuétano del aire frío que amenazaba sus pulmones. Había terminado de grabar la locución de la película Amargura, de Colón y Valera. Estaba la voz desmayada como un sol de Romero Murube deslomándose por el Getsemaní del Aljarafe. Estaba la voz alegre como solo puede estarlo un adolescente que descubre el compás que le marca su corazón. Estaba la voz sumida en hondas cavilaciones, porque al otro lado del almanaque esperaba el minutero del bisturí.

El pasado martes volví a escuchar esa voz. Y le pedí prestado a Aquilino ese verso que es el cuarto clavo del Cachorro para cambiarle una palabra, una astilla, una esquirla: Así lloran los hombres. Esa voz era la voz de todos los dolores del mundo. Por eso Alguien le puso un zaratán juanramoniano al pecho del poeta, para que le doliera por dentro lo que por fuera decía. Todo era tan verdadero que por un momento se le veían las costuras a la Verdad. Todo era la verdad desnuda, la del hombre sin Dios que ayer glosó con hondura Javier Rubio en este periódico que nos une con la infancia. Los fantasmas del Herodes no son nada sin el amor que vive en la misma manzana. La vida no tiene sentido sin la Mujer que es el sentido de la vida, como escribe Colón, como remacha la experiencia.

Esa voz rozada por dentro tiene el color del oro viejo y el sabor de las naranjas antiguas, es un beso roto en medio de la noche, es el abrazo de quien se entrega de verdad a lo que de verdad importa. Esa voz es capaz de narrar la belleza absoluta que cuaja en la plaza de San Juan de la Palma, y el horror de los holocaustos que el hombre ha tejido -hilos de odio, ruecas de rencor- a las espaldas de Dios. Esa voz endulza lo más amargo, y atraviesa con la maldición de ser hombre -Bécquer, Machado, Hernández, Neruda- la pena cabal de la alegría.

Esa voz es el silencio de los golpes de gubia y sombra, de luz barroca que manejó Carlos Valera con el mismo estilo de Roldán en el rostro del Despreciado. Esa voz renació el día que se terminó de montar todo, el 24 de diciembre, para que al día siguiente todo empezara. Esa voz es el miedo que todavía tiembla en la médula a la que sí llega el amor. Parece que es la voz de Antonio García Barbeito y no es la voz de Barbeito. Lo que suena en esa película es la voz de la Amargura.

Francisco Robles

Francisco Robles

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