Nazarenos del Calvario, en perfecto orden, saliendo de la Magdalena / JUAN FLORES
Nazarenos del Calvario, en perfecto orden, saliendo de la Magdalena / JUAN FLORES
NODO

Siglos contra minutos

«Los siglos que tardó en fraguar la Madrugada se van por el husillo de la angustia, de la ansiedad que provocan cuatro niñatos hartos de alcohol»
Por  11:00 h.

¿Cuántos siglos pueden destruirse en un minuto? Una catedral gótica que lleva en sus piedras la huella que los canteros le dejaron hace más de medio milenio puede sucumbir ante un bombardeo, o quedarse mellada y demediada como sucedió en Berlín o en Coventry. Una Madrugada donde los siglos se ven en el ruan desteñido del nazareno y en la manera de sujetarse el antifaz, como escribió Montesinos, puede convertirse en ceniza posmoderna por culpa de esas estampidas o avalanchas que hace quince años se bautizaron con el eufemismo de las carreritas.

En Sevilla estamos librando esa batalla sorda que no se localiza en las trincheras del espacio, sino en la delgada frontera del tiempo. A un lado están los siglos que le dieron a esta ciudad ese aire de Roma triunfante, ese poso americano que aún puede verse en una torre o una lonja, ese carácter mudéjar que la hace única en el mundo. Al otro lado, las franquicias que han convertido el corazón sentimental de la ciudad en un casco de plástico, que no histórico, donde se repiten los comercios, las tiendas de moda pasajera o los restaurantes y cafeterías que uno puede encontrarse en Düsseldorf o en Zaragoza: no confundir con la calle donde aún puede escucharse el crujido de la caoba antigua en el verso surrealista de Juan Sierra.

Los siglos que tardó en fraguar la Madrugada se van por el husillo de la angustia, de la ansiedad que provocan cuatro niñatos hartos de ese alcohol barato que se consume en plena calle sin que nadie haga nada por impedirlo, aunque la ley lo prohíba. A los inventores de las setas venenosas habrá que agradecerles la creación de ese espacio privado donde había una plaza pública, un lugar apropiado para emborracharse hasta llegar al fondo de la vulgaridad. Porque ése es uno de los males que aquejan a esta ciudad que fue grande y que miraba al mundo por encima de meridianos y paralelos. Sevilla está convirtiéndose en una ciudad vulgar, algo que no debemos ni podemos -con minúscula- consentir.

Siglos de historia y de belleza no pueden dejarse al albur de unos cuantos inconscientes que todo lo destruyen en aras del capricho, tan valorado por esa posmodernidad líquida que naufraga en el plástico de las botellonas. Esta ciudad es tan frágil como el cristal, como el barro cocido de su cerámica, como la madera donde se guardan los sentimientos y las emociones que se encargan de cargarse los que todo lo ven como un escenario hueco, como una carcasa vacía, como el tablero de un juego de rol donde se explayan para creerse importantes. Alguien estará, a estas horas, orgulloso de haber reventado la cofradía del Silencio. Siglos de historia destrozados en un minuto de pánico. Y los relojes, tan barrocos como la ciudad, no tienen marcha atrás.

Francisco Robles

Francisco Robles

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