La mano de la Esperanza de Triana, de la que cuelga el salvavidas, y el ancla en el pecho, símbolos de la Esperanza / RECHI
La mano de la Esperanza de Triana, de la que cuelga el salvavidas, y el ancla en el pecho, símbolos de la Esperanza / RECHI
Cardo Máximo

¿Dónde te vi, Esperanza?

Allí estabas, como siempre desprendida, generosa con los más asustados, los más agotados, los más abatidos
Por  17:02 h.

Tú estabas y yo ya me había ido, desesperado. Te habías quedado allí donde la noche se hacía luz, donde la aurora había coloreado el cielo negro de las horas cerradas. Pero no me imaginaba que te diera tiempo a llegar, que hubieras alcanzado ese punto donde el abatimiento se torna en amargura y luego ésta muda la piel y se convierte en resignación. Ya estás a un paso, ahí mismo donde la resignación troca en confianza. Y ya la espera se hace mañana, clara como el día, confiada en su despreocupación, alegre como la risa de un niño, entusiasta ilusión, esperanza invencible.

¿Dónde te vi antes? Haz memoria. Nos encontramos en los ojos llorosos de aquella amiga en un lóbrego pasillo de un sótano mientras aguardaba la sesión de radioterapia. Ella calva, disimulando los efectos secundarios y la sonrisa pintada en la cara pese a todo. Nadie sabía lo que llevaba pasado por más que todos intuíamos lo que le quedaba por pasar. Pero allí estabas tú, sentada a su lado, dándole conversación. Y ganas de vivir. Lo que le quedara. Se le veía en los ojos, medio apagados y medio encendidos, con esa viveza que asusta en semejante trance. Allí estabas, como siempre desprendida, generosa con los más asustados, los más agotados, los más abatidos. Esperanza de los enfermos, yo te conozco.

Nos vimos después en la mirada angustiada de aquel padre que se había quedado en el paro con toda la familia a su cargo. Te encontré un día de lluvia cuando se acercaba esa fecha fatídica en la que se le agotaba la prestación de los 426 euros. Y ni por esas se venía abajo, allí estabas tú en aquella mesa de camilla dando aliento, transmitiendo una confianza sobrehumana en las propias fuerzas, levantando las pesas del desánimo. Allí estabas tú, compartiendo el café de pucherete con la luz apagada mientras caía la tarde para ahorrar en la factura para la que no había ya dinero en el banco. Esperanza de los parados, yo sé quién eres.

Y en la cama de aquel anciano, pariente lejano, que andaba despidiéndose, sonriente pese al respirador que le marcaba el ritmo de la despedida dejándose sacar las palabras a empujones conforme le entraba el aire en los pulmones, confiado en que le esperaba una vida mejor. Allí estabas, en la misma cama, sentada a los pies con esa pose de naturalidad que te das, venga a contar chistes y a hacer planes como quien se figura que tiene toda la vida por delante y no se molesta en paladear un atardecer como si fuera el último que le es dado contemplar. Yo me había ido, desesperado, pero tú seguías como si tal cosa. Esperanza de los moribundos, tan reconocible.

¿Y dónde más nos hemos visto, Esperanza? ¿En qué calle me dejaste de piedra? ¿Fue por la Resolana o por el Altozano, viniste a mí por la calle Imagen como un rayo que atraviesa la congoja? ¿Dónde te he visto antes, Esperanza?

Javier Rubio

Javier Rubio

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