El público, sentado en el suelo y en sillitas mientras pasa el Cachorro / JOSÉ GALIANA
El público, sentado en el suelo y en sillitas mientras pasa el Cachorro / JOSÉ GALIANA
La Ciudad Inevitable

El mal de la Semana Santa

La bulla mutó en masa y sus células se volvieron malignas propagando la metástasis por todo el cuerpo social
Por  16:28 h.

Hemos creado un monstruo. Entre todos, empezando por los medios de comunicación, hemos alimentado una criatura caprichosa y voluble, altamente inestable y propensa a estallidos coléricos para nada racionales: un Golem al que hemos confiado la pervivencia de nuestras joyas inmateriales como la Semana Santa en la inconsciencia de quien cree dominar a la bestia. Ya se ve que no. En el altar de las ofrendas a este Moloch sanguinario y brutal hemos presentado todo lo que podía molestar al nuevo dios a cuya adoración nos rendimos: la severidad, la compostura, la cortesía, el decoro, la gravedad, el respeto, la urbanidad… todas cualidades sacrificadas en el ara de la bulla a la que, inconsciente o premeditadamente, hemos enaltecido como sujeto activo de nuestra Semana Santa, halagada con miles de palabras bellas que ponderaban su buen tino, su capacidad de autorregulación, su sabiduría popular, su conocimiento de códigos no escritos o el inconsciente colectivo que la hacían admirable.

Ahora tendrán que venir antropólogos culturales y sociólogos a descubrir en qué momento la bulla se transformó en masa y todas sus células se volvieron malignas propagando la metástasis por todo el cuerpo social: de las autoridades civiles y eclesiásticas al último bebé vestido de monaguillo. Cuándo mutó aquella comunión intangible que hacía de público en esta masa informe de consumidores de lo que le echen siempre que se cumplan dos requisitos: sea baratito y sea cómodo. Por eso el símbolo de esta nueva criatura alienante es la espera interminable sentado en una sillita comiendo pipas. No empezaron ahí nuestros males, ni mucho menos: ese fue el síntoma, como la fiebre, que nos tenía que haber hecho reaccionar. Ahora la infección es tan grave y está tan extendida que la septicemia amenaza la supervivencia de ese tesoro cultural que es la Semana Santa.

Todo lo que ha sucedido en la madrugada del Viernes Santo son síntomas del cuadro médico que presenta el enfermo: el mercantilismo con que se programa la celebración religiosa, la inconsciencia con que se regula, la temeridad con que se confía en la buena suerte o la Providencia para que no pase nada, la indulgencia con la que nos consideramos a nosotros, el bajo nivel de exigencia colectiva, la incapacidad para elegir a los mejores para los puestos de más responsabilidad… todo eso aflora de manera brutal cuando se destrozan siglos de saber estar.

Olvídense de las carreras de la Madrugada, abstráiganse de comportamientos cuasi delictivos y miren a su alrededor. Pásmense ahora con la montaña de basura que se genera al paso de cualquier procesión, con el parloteo incesante en torno a las imágenes devocionales, con las prisas para moverse de un sitio para otro, con el desconocimiento supino del significado religioso (se comulgue o no con la fe) de la celebración, con la ignorancia de los códigos colectivos para estar sin molestar al resto de espectadores ni, lo que es más importante, al cuerpo de nazarenos, con la indiferencia ante lo que se ve, con la exaltación de todo lo anecdótico, lo secundario y lo contingente. Toda la belleza sublime que las generaciones precedentes supieron acopiar en torno a los pasos a lo largo de siglos la hemos mutado nosotros en zafiedad y chocarrería.

Con regularidad indesmayable, el Foro de Opinión Cardenal Niño de Guevara insta a estimular la formación cristiana en las hermandades para que todos los cofrades sean conscientes del significado religioso de lo que hacen. Pero en realidad, lo más perentorio es instruir a esa masa informe que antes fue bulla para que sepa, como mínimo, comportarse. Si podemos.

A vueltas con los horarios de las cofradías

Tienen un año enterito por delante. Pueden consultar a quienes crean oportuno, realizar cuantas simulaciones consideren y plantear cuantas propuestas -por chocantes que parezcan- se les ocurran. Lo que no pueden es volver a hacer el ridículo como este año ni a engañar a todo el mundo con horarios imposibles de cumplir. Adelante.

Javier Rubio

Javier Rubio

Javier Rubio

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