El pregonero Lutgardo García, flanqueado por las autoridades durante su declamación.
El pregonero Lutgardo García, flanqueado por las autoridades durante su declamación.

El pregón, un beso de enamorado con Sevilla

Por  18:05 h.

Un beso. Un casto, amoroso, juvenil, ardiente, apasionado beso de enamorados en la calle Imperial tras el palio de Gracia y Esperanza o en medio del puente de Triana: lo nunca visto en el pregón, convertido por Lutgardo García en una exaltación de los sentidos, en una sinestesia casi constante, en una reivindicación de la vida, de la luz, del color, de las ganas de vivir, de la calle, de Sevilla…

Porque eso fue el pregón: un beso de enamorados con Sevilla por más que a mi vecina de localidad eso le pareciera ñoño -“blandito” fue su expresión- o timorato. Pero hacía falta que alguien con el estilo y la maestría literaria de Lutgardo García se subiera al escenario del Maestranza y proclamara esa resurrección de la primavera que son los besos de las parejas mientras el palio se marcha y la música se va perdiendo a lo lejos. Ahí había más Sevilla que en todos los golpes de pecho, las impetraciones y los sermones de doctrina que acostumbran largarnos el domingo de Pasión.

Había tanta poesía y de tan excelente factura en el texto de Lutgardo García que hasta sobraban los aplausos. Estaban de más; de hecho, mi vecina se los guardó, con excelente tino, para el final. Y el autor sabía que le estorbaban, pero alguna vez los buscaba con intención. Con inteligencia -o intelijencia, como escribiría Juan Ramón– como cuando inflexionó el tono en el remate a lo Manuel Machado: “Y al final, la Macarena”. Claro, el teatro rompió a aplaudir. Más lo hizo con el pasaje de las camareras y las hermanas de la Cruz ayudando a los menesterosos en las duchas de la cocina económica. Pero otras veces, como el pregonero no diera pie, se quedaban las palabras flotando sin atracar en el seguro puerto de la ovación.

Porque ocurrió que al público del Maestranza se le escapó el sonetillo del Miércoles Santo con esa prodigiosa imagen modernista de “la calle es un gran pez con escamas de colores” que vale por tres o cuatro de los pestiños ripiosos que suelen endiñarnos los cofrades del compromiso. ¿Quieren más? Anoten: “Una pompa de jabón la luna de abril que alancea el centurión”, “hoguera de llamas octosílabas”, “en la hucha de Poniente, cae un sol que no quema” y esa metáfora, trianería pura por los cuatro costados que no entienden los de la otra orilla: “Delfín de oro, salta el sol sobre el puente”.

¿Y de qué fue el pregón? Del tiempo. De un cadencioso, rítmico y acompasado autorretrato del autor en el tiempo: en la calle, de la mano de su padre ya fallecido. Del paso del tiempo como medida de todas las cosas del hombre, que no de Dios, inmutable desde antes de todos los tiempos. De una misma Semana Santa en que “todos los días son uno”. Con eso basta para construir un monumento literario como el que ayer levantó el muchacho. Con incrustaciones de marfil, de ébano, de piedras preciosas prestadas de Bécquer, Montesinos, Cernuda, Sierra, Lamillar, Juan Ramón Jiménez, Rosales, Aquilino Duque… y hasta Morales Padrón, al que en una frase hizo más justicia que todos los capillones que le ningunearon tras su pregón. Anda que no se subió gente al estrado. Y gente que no se había subido nunca antes. Eso lo engrandenció a él y a su pregón.

Los que quieran buscarle tres pies al gato, dispararán sus dardos contra cierta falta de emoción barata, con que apenas pespunteó la Macarena, con que lo mejor se lo dedicó al Cachorro, con que le faltó meterse en la piel de los costaleros, de los músicos… con que no hubo toreo de salón ni bajadas de la Virgen ni pañolitos de tísicos ni milagritos de andar por casa. Hubo poesía, hubo el “látigo del tiempo” fustigando con su implacable rigor y hubo amor. Pasión en la vida del hijo, que actualiza la herencia del padre.

Tengo para mí que Lutgardo García rescató el pregón de entre los muertos, lo sacó del frío de las sacristías y lo llevó a la calle, lo oreó al sol para fundirse en un beso de enamorado con Sevilla. Y allí se quedó, en medio del puente, como el Cachorro, sólo que él sí completó el abrazo: “Así mueren los hombres malheridos de amor”.

 

Javier Rubio

Javier Rubio

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