El alcalde reunido con los hermanos mayores de la Madrugada
El por entonces alcalde, Juan Ignacio Zoido, reunido con los hermanos mayores de la Madrugada
LA CIUDAD INEVITABLE

«Mírame y no me toques»

La implicación de las autoridades civiles en la organización de la Semana Santa puede ser un caballo de Troya
Por  11:08 h.

«Noli me tangere». La frase evangélica -reverso del Evangelio del domingo de la Misericordia que hoy remata la infraoctava de Pascua- con que Jesús apartó a María Magdalena nada más hacerse presente tras la Resurrección puede servir como principio general que ilustre la relación entre hermandades y autoridades civiles. «Noli me tangere», no me toques. Porque el equilibrio es tan frágil que cualquier implicación del Ayuntamiento en la organización de la Semana Santa como se ha sugerido a resultas de los incidentes de la Madrugada de este año puede desencadenar reacciones adversas y efectos secundarios que no se han descrito todavía. Esa injerencia del poder político, por muy bien intencionada que sea, atentaría contra el principio general que ha sostenido desde tiempos inmemoriales la celebración de la Semana Santa: una fiesta del pueblo, hecha por el pueblo y para el pueblo, en abierta e inestable relación dialéctica con los poderes establecidos. Así se hizo grande la Semana Santa y así ha de seguir.

El sistema que ahora se quiere poner bajo revisión ha venido funcionando con relativa solvencia hasta este año: un Consejo de Cofradías como órgano colegiado que ejercía la interlocución entre las cofradías y las autoridades civiles y eclesiásticas. De esa manera se garantizaba un cierto «fair play» que ahora se puede ver comprometido. Ha sido la poca habilidad para ejercer correctamente sus funciones de un Consejo cuya legitimidad y liderazgo están en cuestión la que ha precipitado los acontecimientos, dejando a las hermandades en desamparo. Ese hueco, por simple teoría de ocupación de los espacios vacíos, es el que trata de llenar el bienintencionado ofrecimiento municipal para implicarse en la gestación de la Semana Santa.

Pero pudiera suceder que bajo la apariencia de tan gentil oferta se escondiera el caballo de Troya del intervencionismo. En una sociedad tan anémica como la sevillana, la tentación de echarse en los confortables brazos del poder es algo más que una remota posibilidad. El Ayuntamiento ofrece liderazgo y capacidad técnica, virtudes que hay que rastrear con el candil de Diógenes en los actuales cuadros directivos cofradieros.

Pero nadie puede asegurar que a la vuelta de unos años -desde luego, no uno ni dos, ni siquiera una década- el poder político reivindique una mayor capacidad en la toma de decisiones. ¿Veríamos entonces materializado el desiderátum de Podemos de someter a referéndum la Semana Santa? ¿Por qué no iba el Pleno municipal, como órgano supremo de representación ciudadana, a votar los recorridos de las cofradías?

La reducción al absurdo, como fórmula dialéctica, permite vislumbrar situaciones chocantes que podrían darse en cuanto el poder político se viera con fuerza suficiente como para imponerse a la sociedad civil de la que emanan las hermandades y cofradías: Lipasam, o la empresa de limpieza viaria que correspondiera a mediados de siglo, podría alegar que poniendo en fila india a todas las cofradías de Triana se ahorraría una buena cantidad en el barrido del puente de Isabel II y Reyes Católicos. Así que el Martes o el Miércoles Santo podría fácilmente consagrarse a las cofradías que vienen de la orilla trianera desfilando en orden descendente de antigüedad en su tránsito hacia la Catedral, es decir, con La O en primer lugar de la nómina del día para no pisar muchas cáscaras de pipas. ¿Chocante, verdad?

El riesgo del servilismo, siempre acechante en las relaciones de una sociedad civil tan enclenque como dependiente del poder político, es lo suficientemente grande como para desdeñar ese regalo envenenado.

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