Primer viernes de marzo en San Ildefonso, con el Cautivo / J. J. ÚBEDA
EN CUARENTENA

Primer viernes de marzo

«El silencio en que suspenden la cháchara y bisbisean una oración, un padrenuestro o ni siquiera eso, mirando de frente al altar, hablándole de tú como se habla en familia»
Por  0:05 h.

Llegan acarreando bolsas. Qué llevan y qué traen pertenece a la intimidad de su trajín cotidiano. Pero no las sueltan en el suelo ni siquiera cuando están cara a cara con el Señor. Cargan con las bolsas como cargan con su cruz, como cargan con los sinsabores de la vida: están a la vista de todos pero sólo ellas soportan el peso. Aferradas a ese plástico, entran en los bancos con la mayor naturalidad, las bolsas como si fueran chiquillos colgados del brazo. Quién sabe qué portean de acá para allá.

Vienen a hacer un mandado al Centro: a descambiar una prenda que le regalaron los hijos por su cumpleaños, «pero sin que se enteren, para qué se van a llevar el disgusto, pobrecillos mire usted, con lo que trabaja mi Juan»; o a comprar diez metros de tira bordada para el traje de gitana de la nieta, «que mi niña no se va a quedar sin ir a la Feria aunque se hayan separado los padres, el hijo de mala madre que la he dejado plantada»; a por un paquete de pilas para el sonotone del padre «que cada día está más sordo, ay qué pena»; a por el esparto de la túnica del marido, «mira que se lo tengo dicho, que no se mueve y que hala mucho, que cierre el bucho, leñe, que se va a buscar lo que no tiene».

Vienen del barrio y la caminata les sienta bien. Este ratito va a ser todo el tiempo que se dedican a ellas mismas. El tiempo de la charla ha sido el del café, «donde siempre, que ponen unos calentitos la mar de buenos». Venga a contarse la vida y a repasar lo que les pasa, «Paqui, ¿cómo está tu hija, se tiene que hacer al final el legrado? Es que la vi el otro día en la pescadería, la pobre qué carita más mala tenía». «Y tu yerno, Manoli, ¿lo llamaron del bar para colocarse?».

Ahora es el momento para ellas. El silencio en que suspenden la cháchara y bisbisean una oración, un padrenuestro o ni siquiera eso, mirando de frente al altar, hablándole de tú como se habla en familia: «Te pido por mi vecina Pepita, qué buena es esta mujer, pero desde que se quedó viuda no levanta cabeza, mira a ver si le puedes devolver la alegría de vivir».

Silencio.

Algo les va dictando al corazón. Es su tarde de escucharse dentro, de pegar el oído a lo que resuena en las entrañas de madres coraje, de escrutar los signos que tienen por delante. En medio de la misa se levantan, se persignan y se van porque ya han cerrado su cuaderno de quejas o su libreta de agradecimientos y no tienen nada más que decir.

Primer viernes de marzo. No hay bolsa de plástico capaz de contener toda la verdad que encierra la jornada.

Javier Rubio

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