Previsión de las cabañuelas: lluvia para la Semana Santa de Sevilla
Paraguas entre los nazarenos en la Semana Santa
EN CUARENTENA

Que sea lo que Dios quiera

Por  0:10 h.

Menos mal que llueve. O que hace calor. O que se aflojan los pernos de las coronas. O se cansan las cuadrillas. Menos mal que el viento apaga las velas y que hace frío de madrugada o que nos cansamos, nos angustiamos o disfrutamos. Menos mal. Porque estos días previos se suceden anuncios de que todo está milimétricamente previsto. Las autoridades civiles y los responsables de las cofradías se empeñan en transmitir la idea de que no hay lugar para los imprevistos: nada nos puede sobresaltar.

Así se abunda en la sofisticación de la Semana Santa, ese pecado de soberbia que nos hace pensar que podemos controlarlo todo: las isobaras, el fluido de las masas, el horario de paso, las emociones que forzosamente tienen que abrirse paso. Todo bajo control. Todo a buen recaudo, todo a merced del algoritmo que descubra las claves que lo explican.

Se entiende el afán, tan humano, de tener prevista la respuesta ante cualquier eventualidad. Se entiende en las autoridades municipales, con sus cámaras, sus vallas de plástico, sus aforos y sus altavoces para pedir tranquilidad si cunde el nerviosismo. Se entiende que la policía refuerce sus efectivos, los sanitarios revisen sus protocolos de intervención y la Protección Civil cuide de las aglomeraciones. Se entiende que se forme a los hermanos ante cualquier emergencia y que se hagan recomendaciones de sentido común: hidratarse bien, comida frugal, calzado cómodo, nunca estrenar zapatos…

Se entiende a condición de que no le achiquemos el espacio a la Providencia. A lo que dicte, con una actitud creyente asumida sin complejos que no debería ser estrafalaria en una hermandad que hace del culto en la calle su genuina razón de ser. San Ignacio de Loyola viene en nuestro auxilio: «Actúa como si todo dependiera de ti, sabiendo que en realidad todo depende de Dios».

Que sea lo que Dios quiera: si llueve, bien; si no llueve, también. Dios sabrá por qué consiente que cuatro desalmados revienten la Madrugada o por qué las cosas suceden de un modo que nos resulta chocante o ininteligible o imposible a nuestras entendederas. La Providencia sabrá qué bien habrá que por mal no venga.

Quiénes somos nosotros para asustarnos por el porvenir. Quiénes somos para acobardarnos por el frío, la lluvia, las voces destempladas o las bullas asfixiantes. Que sea lo que Dios quiera, esperanzados de que sea bueno. Si nos dejamos arrebatar la esperanza, ¿en qué nos vamos a convertir?

Javier Rubio

Javier Rubio

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