Un niño pide un caramelo a naarenos de Santa Genoveva en 1973
Un niño pide un caramelo a nazarenos de Santa Genoveva en 1973
EN CUARENTENA

Lo inmutable

«Sorprendido por esta emboscada del tiempo, echo de menos como nunca aquella vieja cinta que evocaba una Semana Santa de tópicos y esquinas, postales y pasteles»
Por  0:41 h.

En el radiocasete sonaba el preludio de la zarzuela “La Torre del Oro” antes de aquel rotundo “Sevilla, vocablo musical…” que con entonación cuasimilitar pronunciaba Rodríguez Buzón recreando su mítico pregón. Así se iniciaba en casa el rito de otra Cuaresma. Entonces, el mundo se movía sobre los pies, despacio, como sostenido en el pentagrama de Virgen del Valle, y en el corazón del niño adolescente parecía correr la savia que alimenta el azahar que busca por Doña María Coronel otro Domingo de Ramos.

Ahora, varias décadas después, este preludio de emociones se estrena leyendo en el ABC cómo será la próxima Semana Santa. Y no doy crédito. No sé si vamos a comprar un coche o nos están vendiendo una moto: La Semana Santa de 2018 tendrá “más seguridad, GPS, luces LED y alarmas acústicas”… y, por si fuera poco, un Martes Santo con marcha atrás y los bares cerrados de Madrugada…que será por aquello del “si bebes no conduzcas”.

Sorprendido por esta emboscada del tiempo, echo de menos como nunca aquella vieja cinta que evocaba una Semana Santa de tópicos y esquinas, postales y pasteles, sombras sobre los adoquines, susurros y silencios sin eses; una Semana Santa tranquila que creíamos invencible, imperturbable por la gracia de Dios y de Sevilla.

Al paso de tambor con el que el mundo huye hacia el futuro nos hemos dado cuenta de que aquella Semana Santa que idealizamos y nos prometimos conservar para mostrarla a nuestros hijos se nos ha ido de las manos. Quizás ocurrió cuando ante el Señor se alzaron más móviles que ojos. Las sillitas y otras modas, la falta de valores, el culto por lo material, la relajación de los guardianes, eso que llaman la globalización y las amenazas de los nuevos tiempos han hecho el resto. Los destellos de las luces artificiales rompen la tensión estética y emocional que tenía aquella Semana Santa de claroscuros que se quedó encerrada para siempre en los negativos de Martín Cartaya o en la cámara de Gutiérrez Aragón en su película de 1992, porque casi todo ha cambiado mucho en muy poco tiempo.

Todo esto me lleva al reproche como parte de una generación: ¿hicimos lo suficiente para preservar aquella Semana Santa que nos confiaron nuestros mayores? Propongo la pregunta como parte de la reflexión a la que invita esta recién estrenada Cuaresma.

Estoy seguro de que nuestros herederos tendrán su propia banda sonora cuaresmal de Spotify en sus iPhones y que ya se habrán bajado varios videos por Youtube para matar el gusanillo mientras buscan en las redes sociales las noticias cofrades inmediatas. Incluso todavía albergo la esperanza de que en las próximas semanas un día me pidan ir con ellos, como hacía yo con mis padres, a ver “las iglesias”. Al menos, cumpliremos el rito de ir juntos a recoger la papeleta de sitio (pido por favor a las hermandades que no nos propongan nunca mandarlas por mail).

Seguro que ellos sueñan ya, como yo antaño y ahora, con los cielos azules por llegar. Y confío en que por más que los males del tiempo tuneen nuestra Semana Santa y estrenemos este año el mismo equipamiento de un todoterreno, el motor de lo inmutable sea la verdadera garantía que sostenga el sentimiento que nos ha unido siempre a los sevillanos con nuestra Semana Santa. Y que todo cambie para que nada cambie.

Espero que así sea, porque me gustaría que este desvelo que comparto sobre la Semana Santa que perdimos solo responda al propio resentimiento con el cumplir de mis años. Aunque, qué quieren que les diga, lamento mucho haber perdido aquella cinta de casete que recitábamos de memoria en casa cada Cuaresma:  “… Pero como Tú ninguna…” y que lo que representaba sea ya casi ceniza en forma de cruz sobre la frente de mi melancolía.

Juan José Borrero

Juan José Borrero

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