Jesús del Gran Poder, dibujo de Jesús Zurita
EN CUARENTENA

Arrugas del tiempo

Por  0:02 h.

El tiempo todo lo cura. Y atempera la locura. Eso piensa al contemplarse ante el espejo, esa lámina donde se reflejan lo surcos que la historia ha dejado en su cara. Arrugas de un largo tiempo que se van abriendo camino en su rostro. Surcos de memoria. Marcas de lo ya vivido. Raíles que conectan su mirada, sus gestos, sus sentimientos de hoy con todo lo que ocurrió antes y con todo lo que ocurrirá mañana. Hay vida en su rostro y hay ganas de vivir. Pero a su tiempo. En su momento.

Delante del espejo ha sentido el cansancio dibujado en los poros de su piel, una especie de firma lacrada que algunos entienden inmutable, y que otros solo aspiran a romper. Por el más fino de los hilos. Delante del espejo, sus ojos se han devuelto la mirada y han notado el cansancio. El tiempo todo lo cura, pero también el traje de reloj es una cruz al hombro que va marcando un ritmo cansino en el latir de la existencia.  Se ha reconocido cansada. Cansada de los que quieren manejarla a su antojo, usando su nombre en vano para defender ideales que sólo representan a algunos. Cansada de poderosos que usan su nombre para prostituir su cuerpo y entregarlo a agresiones diarias. Unas veces son calladas. Otras son públicas. Unas veces subliminales. Otras, a plena luz del día. Y, aunque muchos digan defenderla, hay una mayoría silenciosa que calla. Una conspiración de silencios cómplices que permite su progresivo deterioro. Y nadie hace nada. Aunque todos le digan lo que tiene que hacer.

Está cansada. El espejo lo delata. De falsos poetas que le prometen rimar con la luna y con las estrellas y que sólo alcanzan a estrellarse contra el suelo. Entre el cielo y el suelo hay algo y ella tiene su espacio en ese algo. Su espacio y su tiempo. Y su lugar. Está cansada de que le digan lo que es, o lo que se supones que es, de que le digan lo que siempre fue así, o lo que debería ser así, de que la definan, la describan, la glosen, la midan, la analicen, la cuenten y la recuenten. De que la empleen como bandera, tanto para unos como para otros. Bandera por y para, bandera a favor y bandera en contra, y ella, la puta que queda en tierra de nadie. Que nadie olvide que ella no es de nadie, ni pertenece a nadie, que el adjetivo posesivo ensucia su rostro como no lo hacen las arrugas que dibuja el cortejo del tiempo.

El tiempo. Si el ser humano es la medida de todas las cosas, el tiempo es el patrón inamovible que coloca a cada uno en su sitio. Por eso sabe, el espejo lo delata, que todo tiene su tiempo. Ni más, ni menos, como en la balanza que huele a muertos de las vanitas de Valdés Leal. Finis gloriae Mundi. El tiempo no se ha cumplido. Ni esto se acaba. Ni esto ya está aquí. Se mira al espejo y nota el cansancio de los que quieren acelerar sus tiempos sin paladear los momentos, de los amantes de gatillazo que no saben del paladeo de los placeres. Puteros de pago rápido y de disfrute efímero, como la vanitas barroca. Y de eso, ella entiende. Son muchos días y muchas noches para estar siempre midiendo el tamaño de los placeres, la duración de las chicotás y el número de autorretratos colgados en las redes para publicitar una engañosa satisfacción. El amor es otra cosa. Y el placer. Y el deseo. Por eso se ha jurado ante el espejo no ceder a las tentaciones de la autocomplacencia. Ni a los fogonazos de los que la deslumbran. Ni a los que quieren acelerar sus tiempos.

Delante del espejo ha recorrido sus arrugas. Arrugas de una foto que es memoria. Pilar del tiempo. Si en tiempo de desolación no hay que hacer grandes mudanzas, en tiempos de prisas y de postureos efímeros es mejor aferrarse a eternidades. Ella conoce la suyas, arrugadas pero no vencidas por el paso del tiempo. Su larga vida se mantendrá si sabe seguir sintiéndola con Pasión, anclándola en la Esperanza y protegiéndola en las arrugas del Gran Poder de un Dios que la habita. Ahí está su grandeza y su eternidad. Ante el espejo tiene claro que  sus tiempos los marcará ella. Será lo que quiera ser. Se definirá como se quiera definir. Borrará las etiquetas y los tatuajes que le quieran imponer. Escupirá los eslóganes vacíos de contenido y las frases huecas de un tiempo de vacíos. Disfrutará la Semana que es su vida cuando tenga que llegar. En su momento. Con toda la intensidad. Desde el Alfa al Omega que está bordado en hilos de oro en una túnica oriental a los pies de un Dios arrugado pero eterno: no está ya aquí porque siempre ha estado y estará. Por eso ella es eterna. Así lo ha jurado ante la belleza de las arrugas que se reflejan en el espejo. Como Sevilla que se llama.

Jesús del Gran Poder, dibujo de Jesús Zurita

Manuel Jesús Roldán

Manuel Jesús Roldán

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