Nazarenos de la Macarena / RAÚL DOBLADO
EN CUARENTENA

Ciudad jubilada

Por  0:14 h.

Le hablaba a la televisión cuando no entendía algunas cosas. Tu abuelo se interrogaba en voz alta ante lo que no comprendía. Interrogaciones retóricas al aire cuando veía miembros de antiguas noblezas pululando por programas de televisión, por telediarios o por programas rosas. Muy serio miraba a la pantalla y preguntaba sin respuesta:

– ¿Y esos qué producen?

Una pregunta que resuena en tu mente como un fantasma mientras deambulas por algunos de los recovecos de la ciudad. La real y la que habita en redes sociales, que ya hay muchos que confunden ambas. Te basta con mirar a tu vecino el jubilado, de mente, que no de cuerpo ni de carnet, para entender que la ciudad y su Semana Santa, al contrario que para Paco Martínez Soria, sí es para él. Ciudad y hermandad de ocio. En formas y en tiempos. En mentalidades y en resultados. Se levanta temprano por la mañana y lee ávidamente los artículos de las páginas web cofrades. Toda una liturgia que huele a Brumel y a Varón Dandy ante la pantalla del ordenador. Tiene tiempo para ello. Y tiene tiempo para dejar un comentario crítico, habitualmente negativo, de aquellos medios y de aquellos autores que no comulgan con sus ruedas de molino. Él, que nunca escribió una carta, censura hasta el último párrafo o corrige hasta el último dato rebuscando entre las páginas del Carrero para refutar hasta el último dato. Retuitea a sus autores favoritos con su perfil verdadero y ataca a sus heterodoxos con algunos de sus perfiles anónimos de título rimbombante. Tiene tiempo para ello. Anota la agenda del día. Tiene tiempo. Clasifica los actos según cercanía, posibilidad de regalo (entrega de revista, cartel o catálogo) y posibilidad de ágape. Ya los convites no son lo que eran, medita mientras sale a desayunar al bar en el que puede leer la prensa de balde. De válvula, le gusta decir. Leche manchada en taza y vasito de agua. Mientras termina el periódico gratuito, tienen poca información cofrade, acaba por conseguir los periódicos de papel.

– Yo siempre fui del papel, se le oye decir…

Siempre sería, pero jamás se le vio comprar un periódico. Terminada la leche manchada y el vaso de agua, comienza la crítica a cualquier noticia cofrade o local. Habla a quien quiera oír en la barra. Siempre con la misma coletilla.

–  Esto antes no pasaba…

Nunca debió aprender que el concepto de antes es ambiguo y difuso, especialmente si no se le añade un espacio temporal. Como tiene tiempo, critica noticia, critica artículos, critica vestimentas y critica la temperatura del café.

La ciudad es para él. La ciudad es de él. O él es la ciudad. Así lo cree cuando hace fotos de esos lugares a los que solo puede él puede acceder, para eso tiene tiempo, para eso hay talleres diseñados para él, conventos que sólo abren a sus horas, archivos que solo abren por la mañana o iglesias que solo tienen una hora de apertura en horario laboral. Para eso ya no trabaja. Y sólo los más viejos recuerdan si alguna vez lo hizo.

En su paseo entra en una librería. A echar un vistazo. En la sección de historia local toma los libros de cofradías y se convierte en Baltasar Gracián, el autor que nunca leyó pero que bien interpretó. El Criticón en Sierpes. O en Cerrajería, aunque ya no tiene librería… Nunca escribió un libro, pero el librero le oye criticar como en una letanía:

– Este pie de foto está equivocado. Este dato no es correcto. Esta imagen está mal reproducida. Este libro es muy caro…

Sonríe el librero intentando recordar si alguna vez lo vio comprar. Cuando sale a la calle mira los carteles del escaparate. A una señora que canta por Rocío Jurado pero sin Rocío ni Jurado, le hace una crítica general de los carteles de Semana Santa. No se salva ni uno. Él, que nunca hizo una foto medianamente enfocada, se convierte en todo un profesional de la teoría. Teoría tendrá, pero realidades, pocas. Bajo su brazo lleva el cartel que le han regalado en la panadería, el mejor del año, le cuenta a un guiri con pantalones piratas por Sierpes.

– Y además gratis, que me lo han regalado.

También le regalan el cartel de la exposición que se inaugura por la mañana, la ciudad es para él, y que sólo va a durar cinco días. Total, con uno le basta al jubilado. En la presentación ha criticado al presentador, él, que nunca supo hilvanar dos palabras, ha criticado la duración del acto, él que tiene todo el tiempo del mundo, ha criticado a los premiados en la tertulia cofrade por no merecer el premio, él, que nunca fue premiado ni en las tómbolas del siempretoca, y ha criticado la frialdad de los exiguos canapés que ha logrado conseguir tras exhibir una gran habilidad en el empleo del codazo, con un posicionamiento que ya querría un defensa central del Bayer de Munich. Kaiser del área, mientras consigue la tercera cerveza del salón de actos, consigue apuntar en la agenda publicitaria, regalada en los talleres del ayuntamiento, un listado de actividades para echar la tarde fuera.

– Porque la mañana ya está echada. Y sin gastar un duro.

Siesta en casa y agenda bien anotada. Por la tarde toca corbata de nudo gordo y camisa de cuello raído. Hay presentación de libro que quizás regalen, revista de gratis total, proyección de vídeo que grabará con su móvil y pregón de tertulia historiquísima. Antes ha visitado un par de capillas y ha criticado la colocación de mantos, él que nunca cogió ni el trapo del polvo, el ajuste de dos palios, él, que nunca apretó un tornillo, y hasta la colocación de tres candelerías, él, que nunca cambió una bombilla.  Tiene tiempo para todo eso y hasta para el cabildo de la hermandad. Como tiene tiempo, tanto tiempo, lleva un auténtico listado de actividades para llenar la agenda de la cofradía en el próximo lustro. Para eso tiene tiempo. Las va a proponer todas. Y que los demás hagan los carteles, dicten las conferencias, retoquen los repertorios, monten las exposiciones, se embarquen en un paso nuevo o empiecen el orden del archivo, él, que nunca ordenó ni los cubiertos de la cocina. De camino a su casa esboza calcula en su mente a quién va a pedir dinero al día siguiente para los tres monumentos que tiene proyectados, él siempre ha sido muy ocurrente, el dedicado a los monaguillos, el monumento a los niños carráncanos y el imprescindible de los contraguías de pasos de gloria. La ciudad los merece. Una deuda histórica, piensa, él, que tiene más deudas que una prohermandad de barriada en las afueras.

Lo oyes llegar por la noche y todavía aguantas por el patio que ponga en la televisión la enésima repetición de las entradas de Miércoles Santo. Tele local de hace un lustro. Se quita el nudo gordo de la corbata mientras lo oyes rechistar:

– Esta ciudad no nos ofrece nada a los jubilados. Y tenemos una edad en la que lo merecemos…

Te contienes. Respiras. Concluyes, como Paco Martínez Soria, que la ciudad sí que no es para ti. Es para él. Es Marina Dor. Ciudad de vacaciones. De ocio y de ociosos. De gratis. De subvención. De paguita. De tiempos imposibles.

Alguien te ha oído gritar por la ventana el viejo lema de tu abuelo:

– Oiga ¿Y usted que produce?

Manuel Jesús Roldán

Manuel Jesús Roldán

Manuel Jesús Roldán

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