El pequeño Nicolás

«Fotos inclinando cuello con su Eminencia, palmeando espaldas de miembros del Consejo, metiendo cabeza en la entrega de premios»
Por  3:32 h.

Criaturita. Su historia comenzó en el recién nacido grupo joven de su hermandad. Ya apuntaba maneras. Entre tanto imberbe aparentaba la mayoría de edad que no tenía y la madurez que no adquiriría ni en el master 3 más 2 que algún día ofertará Palacio. Por la apariencia consiguió mención especial del premio de fotografía cofrade del barrio con una foto ajena recortada, ganar la azucena de goldfield que otorgaba un prestigioso concurso cofrade y dar el pregón categoría cadete de la pro-hermandad de la comunidad de vecinos. Allí comenzó su popularidad: colgó su gesticulante foto ante el atril como imagen de su perfil cofrade y nada fue lo mismo.

Pronto llegaría el ansiado cargo en la mesa de redacción del boletín de la corporación y su presencia comenzó a ser el horror vacui de la publicación: salía en las fotos de la tercera junta archiauxiliar consultiva, limpiando la plata de la joyería del barrio, portando la vara en la recepción a la Cruz de mayo extraordinaria de Agosto o en la primera fila de la presentación del prestigioso almanaque que publicaba la mercería del consiliario decimotercero. Fotos por aquí, fotos por allá. Cuentan que Woody Allen rodó Zelig cuando reconoció su rostro en la cartela de uno de los angelitos de la canastilla: su rostro era omnipresente. Y sus actos.

Fotos inclinando cuello con su Eminencia, palmeando espaldas de miembros del Consejo, metiendo cabeza en la entrega de premios, sentando cátedra sobre la categoría de la torrija que se tomaba junto a la Pechotes del grupo joven, filosofando sobre la anchura precisa del nudo de la corbata, conformando el jurado sonriente de las más elitistas tertulias o en mil y una presentaciones de libros que jamás leyó pero si fotografió. Todo el mundo posaba con él.

La noticia no era tal si su rostro no aparecía. Apariencia para encargar, para comprar, para sugerir, para dictar sentencia… Menos para pagar. En su carrera meteórica dejó sin abonar las cuotas de sus siete hermandades, varios centenares de fotos que pirateó sin consentimiento, los marcos que entregó en las decenas de conferencias que endosó, los anuarios repletos con su rostro que encargó, los centenares de artículos que prometió pagar, las invitaciones a las comidas de hermandad a las que se dejó invitar y la publicidad que gestionó para siete emisoras locales de radio y otros tanto programas televisivos…

Hombre público, hasta que el público se cansó. Creció y no lo pareció. El eterno niño quiso hacer historia y la larga historia de su hermandad lo hizo pasar a la historia. Su imagen, otro muñeco roto, nunca más apareció. Pobre Nicolás…

Moraleja: la Semana Santa hay que vivirla con la mirada de un niño… pero no con la de un niñato.          

Manuel Jesús Roldán

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