Crucifixión de Cristo, Max Klinger

Mi cristo desnudo

Por  8:35 h.

“La forma sigue a la función” (Louis Soullivan)
Año 1890. El pintor y grabador simbolista alemán Max Klinger representaba en su Crucifixión de Cristo (Museum der Dieldesde) a Jesús completamente desnudo en la cruz mirando con profundidad a la Virgen, mientras María Magdalena estaba a punto de desmayarse. ¿Una provocación a las pacatas mentes decimonónicas o la mera descripción de una realidad histórica?

Santa Faz, por Zurbarán

Casi cuatro siglos antes, Miguel Ángel Buonarotti representaba a Cristo Crucificado desnudo en una imagen que destinaría, como prueba de agradecimiento, a la comunidad del Hospital del Santo Espíritu, en cuyo altar mayor se situaría. Allí se mantendría una obra que no fue única en el Renacimiento. En 1562 terminaba Benvenuto Cellini un Crucifijo de tamaño natural en mármol, originalmente pensado para su tumba, y que acabaría, cosas de la historia, en el monasterio de San Lorenzo del Escorial. Un Cristo completamente desnudo que el ojo del siglo XX y el XXI parece no soportar: hoy suele aparecer cubierto con un pudoroso paño a modo de sudario que oculta por completo la creación original del artista italiano del Manierismo.
Febrero de 2018. La hermandad del Valle presenta el paño que porta la Verónica durante la estación de penitencia, una obra de Guillermo Paneque que no deja espacio a la indiferencia: unas manchas bordadas donde no hay imagen, solo referencias, donde se alude a la Resurrección de Cristo en una pieza que inspirada en el lienzo de la Santa Faz realizado por Zurbarán que se conserva en Valladolid. Quizás la apuesta más arriesgada realizada por la hermandad del Valle en su loable apuesta por la creación contemporánea, (es curioso que en Sevilla apuesten por las vanguardias los presuntos rancios de la Maestranza o de la hermandad del Jueves Santo), que ha hecho aflorar rápidamente un caudal de opiniones en torno a la obra. Otra vez la dualidad sevillana. Otra vez el encasillamiento. Otra vez rígidos corsés delimitadores entre modernidad y tradición… Pero, en medio de todo, afortunadamente, otra vez el debate. Y en torno al Arte…

Crucifijo, Bienvenuto Cellini

Guillermo Paneque es artista con fama basada en la provocación y en ella asentó buena parte de sus propuestas desde sus inicios en la década de los ochenta. Su obra para la hermandad del Valle no ha sido otra cosa que lo esperable de un autor reputado: ha hecho lo que le ha dictado su libertad creadora y ha sido fiel a sus criterios. En toda la historia del Arte, cuando un comitente encarga una obra elige a un artista por un criterio económico (hasta donde se alcance) o por un criterio estético. La abstracción que esperábamos en artistas como Salinas, que, paradojas del arte, nos sorprendió con una excelente figuración, contrasta con la fidelidad a sus principios que mostró Pérez Villalta, que supo realizar un sorprendente lienzo en el que se casaban la vanguardia y una fuerte inspiración en los iconos tradicionales. Y Paneque ha hecho lo que se le ha pedido y lo que sabe hacer. Ser libre como artista. Ser libre en la forma…
Aquí viene la opinión. La forma es libre. Pero el Arte, salvo experimentos y salvo historias rupturistas, sigue una función. Y en este caso es una función absolutamente fallida. Las imágenes de la Semana Santa tienen una función definida y su cambio conllevaría alterar su esencia, convirtiéndola en museo de antigüedades por exceso de conservadurismo o en alambique de pruebas por exceso de experimentación. Una imagen que provoca puede ser Arte (en realidad el arte de la provocación es ya más antiguo que el tiempo) pero deja de cumplir su función. El paño de la Verónica de Paneque no es un paño de Verónica. No por alejarse de la figuración, ni por buscar nuevas interpretaciones: es que no cumple su función. Y la historia de la Semana Santa está llena de imágenes que fracasaron no por su falta de calidad estética sino por no cumplir su función de mover a la devoción religiosa o de tocar la fibra de la emoción. Que le pregunten a la hermandad de las Cigarreras y al excepcional Cristo de Joaquín Bilbao, rechazado por su excesivo tamaño.

No es cuestión de vanguardias, de defensas de la ortodoxia o de postureo en redes sociales. Es conocer la función de la imagen. Es la defensa que hacía el arquitecto Louis Sullivan del maridaje (éste sí que es vocablo neomoderno) entre la forma y la función:
“La forma sigue a la función, y esta es la ley. Dónde la función no cambia, la forma no cambia. Las rocas de granito, las colinas, permanecen durante siglos; las vidas de rayos, viene en forma, y muere, en un abrir y cerrar de ojos. Es la ley que prevalece a todas las cosas orgánicas e inorgánicas, de todas las cosas físicas y metafísicas, de todas las cosas humanas y todas las cosas sobrehumanas, de todas las verdaderas manifestaciones de la cabeza, del corazón, del alma, que la vida es reconocible en su expresión, que forma siempre sigue a la función”.

Bienvenido sea el debate. Bienvenida siempre la creación artística. Pero sin olvidar los porqués y los paraqués de una celebración religiosa que se asienta en siglos de historia. Un plato es un plato, un cartel no es un cuadro y una imagen es algo más que una escultura..
Apunte final. En el año 2016, Guillermo Paneque, autor del polémico lienzo, exponía en la galería madrileña Heinrich Ehrhardt. Una exposición provocadora en la que se pretendía “capturar el momento que transcurre entre una exposición y otra. No hay obra propia. Solo huellas en forma de clavos y polvo de la anterior muestra (40 pinturas de Günther Förg) y los preparativos de la siguiente muestra”. En medio, piezas de otros artistas cercanos a la creación de Paneque: esculturas de Mauro Cerqueira, fotografías de Laura Alvim, una obra de Alberto García-Alix, dos piezas de Jacobo Castellano…
La exposición se tituló “El intruso…”

Manuel Jesús Roldán

Manuel Jesús Roldán

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