Armaos de la Macarena / ABC de Sevilla
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EN CUARENTENA

Prohibido escupir

Por  0:16 h.

De tanto ver amanecer, el tiempo fue arrugándonos a todos… Palabras que mascullaba, bastón de colorines en la mano, el viejo escolta con plumas de etilvinilacetato y casco de poliestireno expandido en la cabeza. Anochecía en los alrededores de San Gil cuando el siglo XXI llegaba a su mitad. Era el momento de repasar mentalmente la lista de prohibiciones, graves y muy graves, que la policía del Bien Común había dictado este año. Las había repetido en el examen ante el sanedrín de cofradías, en la reválida ante el Sumo Sacerdote y en el control del Tribunal de la Política de Corrección.

La agrupación de escoltas, vocablo que valía para los ellos y las ellas, haría, un año más, su ronda antes de la salida procesional. La histórica y paritaria centuria, las escoltas eran mitad y los escoltas otra mitad, se disponía a realizar la ronda para recoger a la capitana y al teniente. Se celebraba el vigesimoquinto aniversario de la prohibición de la palabra armao, por su incorrección semántica, su desvío propio de hablas periféricas y la imposibilidad manifiesta de acepción femenina que no conllevara escándalo. El viejo escolta se apretó las tiras de gomaeva de su coraza de polietileno biológico y se dispuso a ajustar la bicicleta ecológica en la que harían la ronda. Recordó su lejana juventud, cuando existían aquellos autobuses que acabaron prohibidos, después de aquella famosa “Revolución de los autobuses”, cuando naranjas, azules, rojos y morados se enfrentaron a golpe de lema. Ahora tocaba hacer la ronda en bicicleta sostenible y ecológica, a golpe de tambor de ultrasonidos que no impidiera el sacrosanto derecho al descanso.

Hecha la ronda, la centuria de escoltas devolvió, en tiempo y hora, su flota al Sevici hispalense, mientras se acababa el conteo del público permitido para este año en el recorrido de ida de la cofradía: vallas de doble fila hasta Feria, vallas simples hasta el Duque y Carrera oficial según las normas establecidas. En los controles de acceso, los censores del Tribunal de la Política de Corrección daban las últimas instrucciones al selecto público, ya se sabe: prohibido dar vivas, prohibido aplaudir, prohibido comer pipas, prohibido colgar fotos en las redes de las imágenes titulares, prohibido silbar marchas que tuvieran autor registrado en la sociedad de autores, prohibido gritar y prohibido emitir cualquier alabanza a una religión que pudiera molestar a cualquier otra creencia. Se recordó a los asistentes el aniversario de la prohibición de chistes públicos, tanto en su emisión ante más de siete asistentes como en su publicación en cualquier red social: la Policía del Pensamiento controlaría su difusión.

De tanto ver amanecer, el viejo escolta había perdido parte de su memoria. La Comisión para el Borrado de la Memoria Histórica de la Semana Santa le había obligado, bajo terapia, a olvidar aquellas fotos en sepia de nazarenos bebiendo aguardiente, aquellas cruces de guía sostenidas por novias de nazarenos y de aquellos armaos, huy, se le escapó el nombre, que consumían café y masa frita nociva para el correcto tránsito intestinal de un escolta de palio. En el cacheo previo a la entrada en el templo, algún compañero de la resistencia todavía tuvo que soportar el requisamiento de unas reliquias llamada medallitas y de unas antigüedades llamadas estampas, elementos que podrían molestar a cualquier agnóstico, ateo o mediopensionista al que llegara la imagen de unos dioses propios de siglos pasados. También hubo que requisar, un año más, un águila de bronce que traía uno de los viejos, una reivindicación anual tras la promulgación de la Ley Protectora del Derecho a la Imagen Digna para aves rapaces y animales varios, norma que dejó sin teta de histórica loba a una pareja de niños que iban sobre el paso de Pilatos. Fue el mismo año que apareció blanqueado un antiguo negro del paso, ahora vestido de Pilatos, mientras que el antiguo gobernador imperialista aparecía ahora cargando la palangana de acetato.

De tanto ver amanecer, el viejo escolta había memorizado las prohibiciones de cada década, había asumido los controles horarios y había transigido con la sustitución de sus antiguos metales y plumas por materiales ecológicos y sostenibles. No sabía si algo le quedaba cuando contempló a La que siempre se queda…

Con tantos amaneceres a sus espaldas, el viejo escolta hizo un último esfuerzo para recordar la historia de tanta prohibición, del día que se borró la palabra calentito por incorrecta, del vocablo churro por la cacofonía de su femenino, del chiste con el compañero por ofensivo; de la charla con la armada, con perdón, por acoso; del andar marcial por rescoldo militar fascistoide, del desayuno matinal por contravenir las normas de la alimentación bioecosaludable. En la ordenada y planificada calle suspiró agarrado al poliestireno, tirando de la memoria para recordar alguna prohibición que, según sus abuelos, había antaño en los viejos autobuses: Prohibido hablar con el conductor y Prohibido Escupir. Por la calle Feria decidió contravenir la segunda. La policía del Bien Común, carente de una normativa actualizada, no supo qué hacer con el detenido.

Manuel Jesús Roldán

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