Peligro, congestión / AGUSTÍN ISRAEL BARRERA

Prohibido escupir

Por  0:05 h.

Se ha montado en el autobús mirando el móvil. Mientras espera para pagar, algo absorto, contempla la prohibición de situarse en la plataforma delantera para no distraer al conductor. Pasa al interior y procura sentarse. Lo hace, mirando el móvil, mientras se sienta sobre una prohibición. Prohibido abrir las piernas. “Manspreading” le han dicho que se llama. No ha podido evitar sonreír imaginando a Paco Palacios el Pali viendo cofradías. En la puerta de casa, viendo cofradías en una silla y con las piernas abiertas… Doble incumplimiento, medita mientras mira el móvil y lee que en Semana Santa se van a prohibir las sillitas. El Pali iría ganando por dos a cero. Lee en su móvil las noticias sobre cofradías y parece retroceder al tiempo de Hammurabi… Bares prohibidos, copas prohibidas, relevos prohibidos… Pensaba que las prohibiciones eran propias de sociedades arcaicas, donde la educación no existía y donde había que educar mediante la prohibición, o de sociedades autoritarias donde la prohibición se impone como adoctrinamiento. Pero es más complejo. Prohíbe el poder, prohíbe lo que existe y prohíbe por sus propias incapacidades y por sus propias incongruencias. No sabe controlar, ni educar, pero prohíbe. Se prohibió en nombre de la tradición y ahora se prohíbe en nombre del progreso. Así lo hizo el poder eclesiástico en el siglo XVI, prohibiendo la noche en la Semana Santa por no saber hacer uso de ella, así lo pretendieron los ilustrados en el siglo XVIII, prohibiendo disciplinantes, antifaces y hasta la madrugada; así lo hizo la República, prohibiendo crucifijos públicos, así lo hicieron Ilundain y Segura prohibiendo mujeres nazarenas que ya salían, así lo hizo la dictadura franquista prohibiendo cualquier espectáculo público el Viernes Santo, por citar un simple ejemplo; así lo hizo un inexperto Consejo de Cofradías que prohibió la marcha Campanilleros o así lo hicieron otros inexpertos políticos municipales de la Transición que prohibiero las latas de refrescos… por el ruido que hacían al paso de las cofradías.

Sigue leyendo en su móvil y sonríe al recordar la frase de Montaigne: “prohibir es despertar el deseo”. De hecho, le han entrado unas tremendas ganas de que llegue la madrugada y pueda salir a ver cofradías. Siempre lo ha hecho y lo hará. Cuando llegue el amanecer, se las apañará para volver a tomar una copa de aguardiente con la que encarar la mañana. En un bar, sin molestar y sin arrojar desperdicios, no como esas pandillas que no ven cofradías y que se tienden en la calle con alcohol de garrafón de supermercados que nadie controla. Un cosquilleo le ha entrado por el cuerpo cuando se ha imaginado pasando delante de alguna cámara de control del Gran Hermano de la Carrera Oficial y les saque la lengua, quién sabe, igual se anima a enseñarle sus partes traseras para animar al controlador de turno que esté de guardia. Como a esas horas, y a casi ninguna, hay confesionarios, igual le cuenta su vida a alguna de estas cámaras.  Con un poco de suerte podrá escuchar unas recomendaciones por los altavoces diciendo lo obvio: no corran, no griten, no toquen palmas, no se sienten, no sientan, no respiren… Sevilla como una playa de Cádiz sin casetillas de madera. Quizás las indicaciones estén patrocinadas. Por gentileza de Catunambú, se ruega mantengan la calma. Pero traigan el café en un termo, que los bares se los hemos cerrado…por su propia seguridad.

Se siente rejuvenecer. Cuando estudiaba, en las protestas del mayo del 68 alguien pintó aquello de “la barricada cierra la calle, pero abre el camino”. Y le viene a la mente una barricada hecha por vallas antivandálicas, esa modernidad hecha para un público que no sabe callarse, ni moverse con sentido común, ni estarse quieto. Tampoco lo sabía en la Semana Santa de comienzos del siglo XIX, cuando ya hubo carreras inexplicables. Pero las cofradías sobrevivieron. Porque son vida. Porque, con todas sus limitaciones, son espacios de libertad donde no llega la prohibición. Sobrevivió la madrugada cuando la quisieron prohibir y convertirla en cofradías de amanecer. Sobrevivirá a una sociedad inmadura que pretende tapar su incapacidad con la prohibición. Sonríe para sus adentros.  Busca en el móvil algún vídeo cofrade y no puede evitar teclear las palabras Esperanza en Campana. Encuentra una pieza de gran calidad. Disfruta de cada segundo del vídeo, se viene arriba y no puede evitar la emoción. En medio del autobús, mirando la pantalla de su móvil ha gritado casi sin querer “Guapa, guapa”. Silencio general.  Alguien le ha tocado el hombro con malos modos. Le señala una indicación en las paredes del transporte que, junto al caballero abierto de piernas, indica que están prohibidos los piropos. Y que lo pueden acusar de acosador.

Traga saliva y vuelve a recordar sus años universitarios y las canciones de Jim Morrison. “La libertad comienza por una prohibición”. En aquellos tiempos, en la plataforma delantera del autobús se podía leer una prohibición hoy superada. “Prohibido escupir”. No le han faltado ganas.

Manuel Jesús Roldán

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