Las túnicas más caras de la Semana Santa de Sevilla
EN CUARENTENA

¿Cuál es mi túnica?

Por  0:07 h.

Llega con la maleta arrastrando, un abrigo pensado para la nieve y con las manos cargadas con la bufanda, el gorro y los guantes de lana que muestran que de donde ha salido hace muchísimo más frío que aquí.

Nada más entra en la casa, sin soltar nada, se va a las ventanas del salón donde sabe que, religiosamente, están colgadas las túnicas ya perfectamente preparadas.

Busca cuál es la suya, se hace una foto y la sube a las redes sociales con el lema “¡Esto ya está aquí!”.

Ha visto todos los capítulos de El Palermasso, ha escuchado El Llamador por internet todas las noches que ha podido, le encanta el anuncio de Tussam a los sones de Las Cigarreras, y está al tanto de los estrenos que ha mostrado el Mercantil.

No ha ido a ningún viacrucis pero los ha escuchado todos, así como el rápido traslado de la Esperanza de Triana a Santa Ana a causa de la lluvia, y está perfectamente al tanto qué amigos cambian este año de puesto en sus respectivas cofradías.

Y eso los que no tienen un nazarenito de cerámica de los de la calle Alcaicería en sus casas y queman incienso que compran en las tiendas indias que, total, no es igual pero sí muy parecido.

Por supuesto, ya tiene planes hasta para salir de mantilla el Jueves Santo y ha cocinado las últimas semanas andando de manera particular siguiendo una música que a sus compañeros de piso les ha sorprendido gratamente. Mucho más cuando les ha explicado que es religiosa.

Eso sí. No ha probado ni un pestiño ni una torrija, esos dulces que eran empalagosos antes y que ahora son el summun de las delicatessen culinarias de todo el mundo.

Es la Cuaresma que viven muchos sevillanos que han tenido que irse de su ciudad por diferentes circunstancias, afortunadamente no todas malas como ocurría en el pasado.

Ahora los jóvenes se van por estudios, porque consiguen un buen trabajo, porque se ganan una prestigiosa beca en una universidad extranjera o porque se los rifan en las empresas europeas. Eso, claro, junto a los que encuentran fuera el trabajo que no logran en su tierra.

Su marcha es motivo de alegría… hasta que llega la Cuaresma cuando todo no se vuelve morado, como en la ciudad que sienten, sino negro como el tizón. La verdadera vuelta a casa no es en Navidad, cuando todo el mundo hace lo propio, sino en Semana Santa cuando sólo volver a Sevilla tiene su pleno sentido.

Y, si no, pasen en esta semana por San Pablo o Santa Justa, las dos “parroquias” de donde parte la cofradía que trae más ilusión hacia la Catedral. Una ilusión de la que, quizás, deberíamos contagiarnos el resto de la ciudad.

Stella Benot

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