La función principal del Baratillo / VANESSA GÓMEZ
EN CUARENTENA

De función principal

Por  0:05 h.

Es el día grande en la cofradía. Y tiene una liturgia especial que forma parte de un patrimonio inmaterial que las hermandades conservan con mimo. Los acólitos, el incienso, el altar de cultos… un marco perfecto para una misa solemne y para dejarse ver.

La mayoría se endominga para la ocasión y son muchos los que piden que se les reserve un sitio destacado desde el que puedan ser vistos por el resto de hermanos y asistentes a tan magna celebración. Da lo mismo si no se ve bien el altar.

Algunos son hermanos y otros invitados de protocolo que serán convenientemente citados antes de la homilía del obispo de turno. Hay, incluso, algunos políticos que asisten a estas funciones como parte de su trabajo, porque hay que estar en determinados sitios.

Por supuesto, no falta una medalla. Mucho mejor si el cordón que tiene ya ha dejado de usarse porque pertenece a tiempos pasados.

Sin embargo, por mucho que lo intenten, no son el centro de atención. Todo lo más, alguien pregunta que quién es el delegado del día del consejo. O el nuevo hermano mayor de esa corporación que tiene unos lazos lejanos con la propia pero a la que siempre se guarda un sitio para la función.

Lo que a la mayoría de los asistentes le interesa es ver cómo ha crecido “el tramo” de una u otra familia, si tienen más niños, si la mayor se ha casado (y quién es el marido y de qué hermandad es, claro, porque no hay cosa peor que casarse con alguien cuya hermandad celebre la Función Principal el mismo domingo de Cuaresma que la tuya).

El mejor momento es la jura de las reglas. La tradición manda que las familias vayan todas unidas y nadie en su sano juicio osa romper la fila de un apellido. Se cede el paso, por supuesto. Y se espera lo que haga falta.

Es en ese desfile y en sus largas colas donde de verdad se ve el estado de las familias. Si hay dos ramas que juran por separado, malo.

Y si el año pasado lo hicieron y este han vuelto a ir juntas, bueno.

No es cotilleo aunque lo parezca. Es, simplemente, el momento para ponerse al día de las cosas que importan.

No hay rostro más alegre que el de ese abuelo que lleva a sus cuatro o cinco nietos con un nudo en el cordón de sus medallas, ni mayor presentación en sociedad de un bebé que, todavía con faldones, va en brazos de su madre o su padre para jurar unas reglas porque precisamente lo han hecho hermano en esos mismos cultos que terminan.

Son las estampas sentimentales que hacen que muchos, venciendo la pereza, las dificultades para aparcar, las de levantar y arreglar a los niños un domingo… acudan cada año puntuales a su Función Principal de Instituto. Y que sea por mucho tiempo.

Stella Benot

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