Para no dormir

Por  0:51 h.

Hace ya muchos años, tantos que ya no recuerdo, cuando el que esto escribe iniciaba su andadura por los entresijos de la Bolsa de Caridad de su Hermandad que, como  yo, también comenzaba a andar, empecé a conocer circunstancias y situaciones que me hicieron ver como, al menos en nuestra ciudad, el mundo de la mendicidad y el de la picaresca iban muchas veces cogidos de la mano.

Como en las mejores novelas del genero de nuestro siglo de oro, viví como un matrimonio, que mendigaba a diario en la puerta de un Templo de nuestra ciudad, se marchaban a casa, una vez terminada la jornada, en su coche de gama media que aparcaban el la Alameda de Hércules  o experimenté la mayor sensación de frustración cuando, tras muchas gestiones, se logró escolarizar a una niña que mendigaba con su madre y, después de comprarle ropa, libros y material escolar, de prepararle un taxi que la llevara y trajera del colegio, cuando se fue a recogerla el primer día, su madre nos exigió una cantidad diaria de dinero para dejarla ir al colegio, aduciendo que es lo que perdería al no tener a su hija pidiendo con ella.

La verdad es que todo esto te hace dudar, si bien, la duda se disipa de inmediato, cuando tienes ocasión de atender y solucionar, en lo posible, problemas y situaciones que si merecen todo nuestro trabajo y nuestro desvelo. Pero todo aquello sirvió para ponerme en guardia de discernir, hasta donde fuera posible, donde hay necesidad y donde picaresca.

Aún con todo este bagaje de vivencias, con todo el conocimiento de que el engaño y el aprovecharse de cualquier circunstancia sin ningún escrúpulo, existe en la realidad y no solo en las novelas, aún sabiendo todo esto, nunca podía pensar que estas practicas no se limitaran a las personas sin conciencia y sin cultura, nunca podía pensar que esta conducta se pudiera seguir por un gobierno de un estado europeo en pleno siglo XXI.

Esto está ocurriendo con las autoridades de Bielorrusia y por culpa de ello, en el momento de escribir este artículo, aún no sabemos si parte de los niños se van a quedar sin venir este año y convivir con sus familias de Sevilla en lo que puede ser el principio del fin de un bello programa.

Y es que es sospechoso que, cuando el programa abarcaba hasta los dieciocho años, se nos diga ahora que los mayores de catorce años o los que llevan más de tres años seguidos viniendo no pueden volver. Quizás piensen que puedan conocer demasiado bien, que existen formas de vivir mejor que la que hay en un país heredero del régimen político soviético.

Sea cual sea el motivo, lo que es verdad es que por esta obstinación habrá, a día de hoy, muchas familias en Sevilla que no podrán dormir al pensar, que no volverán a ver más a sus hijos bielorrusos, mucho antes de lo que tenían previsto, y habrá, también mucho niños, allí en su país, que tampoco dormirán ante la posibilidad de perder las vacaciones especiales a las que se habían acostumbrado en los últimos años.

Pero siendo todo eso duro, no queda ahí la cosa, las Hermandades de Sevilla han embarcado en este proyecto a muchas familias, a muchos sevillanos, no solo de dentro de las Hermandades sino de fuera de ellas y, tras este desengaño, difícil va a ser volver a contar con ellos para cualquier otro proyecto que surja en esta línea.

Ojalá que haya suerte y que todos los niños puedan llegar a Sevilla un año más, pero no deja de ser penoso que se vuelva a utilizar a estas criaturas inocentes, como moneda de cambio para conseguir objetivos políticos o comerciales. Pero bien sabemos los gobernantes son, a veces, así de miserables y prefiere conservar el poder a lograr el bienestar de su pueblo.