La Sevilla inmutable
La Sevilla inmutable 34386

La Sevilla inmutable

Por  0:39 h.

Es el ecuador del verano y la ciudad entera parece sestear, al ritmo circadiano que le marcan las altas temperaturas, normales en esta época del año, y que siempre han sido iguales, aunque ahora nos bombardeen, continuamente, con la amenaza de una alarma de distintos niveles y colores que nunca antes nos preocupaba, pues el sevillano pensaba, y con razón, que el calor es lo propio de esta época.

En esta ciudad, casi dormida, paseo al atardecer por las calles, casi solitarias, de su centro y no puedo, por menos, que meditar sobre lo diferente del paisaje entre la Sevilla que de joven conocí y esta otra que ahora percibo, quizás demasiado alterada y, tal vez, demasiado destruida en unos tiempos en que se presume de afán “conservadurista”.

Desde la Puerta de Jerez hasta la misma Encarnación todo ha cambiado, casi nada es ni siquiera parecido a como era hace no más de 45 años. Nada es igual, sin entrar en juicio de valores sobre acierto o errores en los cambios producidos, aunque, a mi parecer, dominen claramente los segundos sobre los primeros, lo cierto es que estamos en otra Sevilla.

Cuando más enfrascados estoy en estos pensamientos, al pasar por la Catedral, observo más gente de lo habitual y caigo en la cuenta de que es Agosto y la Virgen, está en besamanos. Una sensación gozosa me invade, entonces, cuando acierto en pensar que, por muchos cambios que le hagan al físico de Sevilla, mi ciudad tiene alma, un alma que es intangible e inmortal como el alma de los hombres.

Y esa alma de Sevilla se manifestará, una vez más, en el frescor de la amanecida del 15 de Agosto cuando la que es Reina de los Reyes, asome su bello rostro por la puerta llamada de Palos y Sevilla y sus alrededores le ofrezcan tributo de amor filial y devoción a la que es patrona de nuestra Archidiócesis.

En esa mágica mañana Sevilla volverá a ser la de siempre, la Sevilla que fue, la Sevilla que es y la Sevilla que será, la Sevilla eterna e inmutable que perdurará mientras sepa conservar su alma hecha del amor y la devoción Mariana, de los que, orgullosamente, presume hasta en su escudo.

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Virgen de los Reyes, en su altar de Novena de 2010 / J. J. COMAS RODRÍGUEZ

Es el ecuador del verano y la ciudad entera parece sestear, al ritmo circadiano que le marcan las altas temperaturas, normales en esta época del año, y que siempre han sido iguales, aunque ahora nos bombardeen, continuamente, con la amenaza de una alarma de distintos niveles y colores que nunca antes nos preocupaba, pues el sevillano pensaba, y con razón, que el calor es lo propio de esta época.

En esta ciudad, casi dormida, paseo al atardecer por las calles, casi solitarias, de su centro y no puedo, por menos, que meditar sobre lo diferente del paisaje entre la Sevilla que de joven conocí y esta otra que ahora percibo, quizás demasiado alterada y, tal vez, demasiado destruida en unos tiempos en que se presume de afán “conservadurista”.

Desde la Puerta de Jerez hasta la misma Encarnación todo ha cambiado, casi nada es ni siquiera parecido a como era hace no más de 45 años. Nada es igual, sin entrar en juicio de valores sobre acierto o errores en los cambios producidos, aunque, a mi parecer, dominen claramente los segundos sobre los primeros, lo cierto es que estamos en otra Sevilla.

Cuando más enfrascados estoy en estos pensamientos, al pasar por la Catedral, observo más gente de lo habitual y caigo en la cuenta de que es Agosto y la Virgen, está en besamanos. Una sensación gozosa me invade, entonces, cuando acierto en pensar que, por muchos cambios que le hagan al físico de Sevilla, mi ciudad tiene alma, un alma que es intangible e inmortal como el alma de los hombres.

Y esa alma de Sevilla se manifestará, una vez más, en el frescor de la amanecida del 15 de Agosto cuando la que es Reina de los Reyes, asome su bello rostro por la puerta llamada de Palos y Sevilla y sus alrededores le ofrezcan tributo de amor filial y devoción a la que es patrona de nuestra Archidiócesis.

En esa mágica mañana Sevilla volverá a ser la de siempre, la Sevilla que fue, la Sevilla que es y la Sevilla que será, la Sevilla eterna e inmutable que perdurará mientras sepa conservar su alma hecha del amor y la devoción Mariana, de los que, orgullosamente, presume hasta en su escudo.

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