El Cristo de la Buena Muerte de los Estudiantes en la puerta del Arenal / J. MACÍAS

El color de tu mirada

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Como en las bodas de Caná, en el pregón de este año lo mejor llegó al final. El nazareno de Los Estudiantes que se encargó de proclamar el anuncio de la Semana Santa, José Ignacio del Rey, dejó para la última línea un soberbio poema hecho prosa cuando dijo que aspiraba a pasar la gloria mirando a su Señor cara a cara, feliz “tras conocer, tras al fin poder saber, de qué color son los ojos del Cristo de la Buena Muerte” Es cierto. No sabemos cómo son. Es tan bello el sueño que ni siquiera se le nota el final de la vida en la rendija inexistente que separa el párpado superior ni el inferior. ¿De qué color es la mirada del Cristo de Los Estudiantes?
Será malva, como los campos de lirios que crecen en el oasis de los desiertos que cruzó cuando pasaba de la Galilea de su infancia a la Judea de su martirio. Malvas intensos al igual que esas flores de la primera hora que los hermanos cogían de los campos para colocarlas el martes santo en el monte calvario de su paso. La mirada podría ser azul, semejante a la tonalidad de los cielos del Jordán. Azul trasparente como la inmensidad que se abre más arriba de los altos del Golán. Azul cobalto, el color de la beca de un bachiller de ciencias o celeste como la del que estudia humanidades.
Ojos miel. Ojos del mismo color de los campos de su tierra cuando verdea el trigo. O imitando la trasparencia del maná que cayó del cielo y sirvió como alimento a los hijos de Israel. Si su mirada tiene reflejos dorados es porque tomó el color de la piedra de las murallas de Jerusalén la última vez que la vio cuando desde el campamento de Getsemaní tomó el camino de la ciudad para celebrar la última cena.
¿Tendrá la Buena Muerte los ojos verdes? Entonces es porque ahí todavía se mueven las olas leves del Mar de Galilea que tantas veces cruzó con la barca de Pedro. O porque se le quedó viviendo el salitre del Mediterráneo que alguna vez aspiró. Pueden ser pardos como las colinas que rodeaban la patria de Nazaret por las que jugaba el niño rubio del carpintero en años en los que el tiempo de la espada del dolor traspasado de su Madre aún estaba lejano.
Si al final le vemos una mirada gris será porque ahí se le han quedado los cielos del Viernes Santo cuando levantó la cabeza buscando al Padre y después expiró lentamente, sin gritar, sin hacer ruido.
La mirada del Cristo de la Buena Muerte tendrá tantos colores como el arcoíris. Una para cada uno. Hoy Martes Santo descubrimos por la Plaza de la Contratación que ahí está el misterio de un hermoso secreto que ya ha desvelado Juan Moya Sanabria, diputado mayor de los nazarenos que forman en las filas universitarias de los cielos que hay arriba del rectorado.