Archivo de la familia Loreto

La última noche de Miguel Loreto

Por  10:05 h.

El viernes día 4 de agosto Loreto estaba regular. En la habitación que sostiene la hermandad de la Macarena en el Hospital de la Caridad, uno de los capataces con más personalidad de todos los tiempos se encuentra echado en la cama con la máscara del oxígeno. Llega su hermano Felipe, el chico y su cuñada Dulce Pereda. Han llamado al 112 pero le dejan allí. Tiene algo de ánimo como para cantar por Manolo Caracol, su padrino, y para tomarse un helado. Cuando despierta el sábado la situación había empeorado. «Estaba -dice su hermano Felipe- como el Cachorro, con la mirada hacia arriba, casi sin poder respirar» El 061 le manda al Virgen del Rocío en cuyo departamento de observación ingresa. Allí el Doctor Lara le deja a la familia una habitación. En la mañana del sábado día 5 su hermano Felipe le coge la mano. «Miguel, si me escuchas, aprieta» No apretaba. «Venga, como si fuera el llamador de un paso, tos por igua, a esta es» Y Miguel entonces levantaba la mano de su hermano. Ahora sí. En la noche del sábado ya hay poco que hacer. Le sedan. Le acompaña su hermana Dolores, que ha sido la que le crió y su cuñada Dulce. Empezaba Loreto su último sueño.

Sueña con su padre que llegó a Sevilla desde Jerez. Era gitano. En Sevilla tiene cuatro hijos, Dolores, Manuel, Miguel y Felipe. Los dos últimos nacen en la calle Vírgenes. Al poco, se van a la calle Macarena esquina con San Luis 140 donde abren una pescadería. Después tendría en el Mercado de la calle Feria siete cuartelás. Ese es el territorio de su infancia. Juega en el atrio con Pilato el perro de Abelardo el capillé. Le apuntaron en la Macarena en 1953. Tiene ahora el número 241. Estudia en la Escuela Francesa y en San Francisco de Paula. Pero no era lo suyo. Su padre le dice que se vaya con él a trabajar en el pescado. Tampoco era lo suyo. Se queja de que hay que madrugar. Por eso su padre le hace dormir en la furgoneta con la que iban cada mañana al Barranco.

Sueña que está desfilando vestido de armao. O con el único año de costalero. O cuando en 1979, como recuerda su costalero David Medina le piden que acompañe a Alejandro Ollero en el martillo del Sentenciado, a él que no había sacado ni una cruz de mayo. «Eso es -dice su sobrino Bosco Gallardo, porque el Señor le eligió» Sueña con esas noches que duraban días con Carmina, Camarón o Curro Romero. Y con los dolores de rodilla que le provocaron una retirada lenta de su cuadrilla en la que estuvo 33 años, la edad de Cristo. En 2012 dio la última llamada y ahí empezó su declive físico y anímico. Años después tiene que irse a la Caridad. Salía en busca de su solera, de la cerveza o de lo que fuera. A veces cogía un taxi, tuviera dinero o no, para ir a la Basílica.  Soñaba con ese martillo del Prendimiento de Jerez que nunca pudo coger…

En la mañana del domingo día 6 su familia y uno de sus cuidadores, Antonio Solís esperan el final. Muere a las dos menos cinco. Su hermana Dolores saca el tema del furgón fúnebre y Felipe propone que sea un carro con dos caballos el que lleve a Loreto a la Macarena y lo pasen bajo el arco. En la misa no se cabía. Los costaleros cogen el féretro y lo llevan al Sentenciado. En una corona de flores su frase lapidaria «si ustedes no habéis visto a Dios esta noche, es que estáis ciegos». Lo incineran  pero no lo han podido depositar en ningún lado. Y ahí sigue en casa de su hermano Felipe a la espera de llevarlo al panteón junto a sus padres.  «Yo le digo, por lo menos aquí estás fresquito…»

Al resto de los mortales nos hubieran hecho falta cuatro vidas para vivir lo que vivió Miguel Loreto. 

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José Cretario

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