El misterio de las Siete Palabras
El misterio de las Siete Palabras

Miércoles Santo. Siete Palabras

Por  0:07 h.

La niña no podría hablar. O no sabía. Eso era lo que tenía confundidos a los padres. El neurólogo infantil comentaba que existía algún problema de psicomotricidad complejo de tratar. No es que fuera grave pero requería de tiempo y de especialistas concretos para un trabajo intenso que tenía que ser inmediato. Lo que no se consiguiera a los tres años no se podría lograr en la vida. Le hablaron del Centro de Estimulación Precoz de la Hermandad del Buen Fin. Un servicio que puso en marcha la cofradía ante la ausencia de algo similar. La niña ingresó. A los dos meses esa morena de grandes ya sabía pronunciar sus primeras siete palabras

Señor. Ella señalaba al Crucificado que había en la iglesia del lado de su centro pero no sabía llamarle como el resto de los niños. Únicamente le tiraba un beso.  En poco tiempo al nombrarlo por su nombre ya le reconoció: era su Señor.

Virgen. Al lado del Señor, una mujer alumbrada por velas y mimada de flores levantaba la mirada triste por encima de las luces de la candelería. ¿Quién era? Ahora sí. La Virgen.

Paso. Al entrar en los templos, desde el primer momento la niña al igual que el resto de los pequeños clavaba sus ojos en el universo de brillos y de colores que se presentaba en esos monumentos altos y vistosos. Los oros, los azules, los destellos de la plata… El nombre de ese juguete grande ya lo puede pronunciar: el paso.

Caramelo. En sus primeras semanas santas, cuando la vestían de Domingo de Ramos y la llevaban a las sillas solo adelantaba la mano. Pero no sabía que pedir. Escuchaba al resto de los niños “nazareno dame un caramelo” sin embargo la niña era incapaz de articular la expresión. Ahora sí. Este año en su bolsillo permanecerá la dulzura de estos días envuelta en papel de celofán. Caramelo.

Globo. Los veía subir, los veía mecerse en racimo junto a los sitios de los que salían nazarenos. Abría de par en par los ojos cuando alguno se escapaba a los cielos. Cuando quiere uno, ya lo pide: globo.

Mama. Se llevaba la mano al corazón cuando quería llamarla. La señalaba cuando la necesitaba. La buscaba con la mirada cuando estaba apurada. La besaba, jugaba con su cadena. Solo con olerla sabía quién era. Ahora sabe llamarla: mamá

Papa. Un día quisieron vestirla con una túnica marrón y un cíngulo blanco. Iba a salir en la cofradía de al lado del sitio donde con tanta paciencia le estaban enseñando a hablar. La vestía su padre. Ese día supo decir su nombre. Papa.

Sus primeras siete palabras fueron para definir lo mejor del mundo que la rodea. Un buen comienzo para un Buen Fin.