El arzobispo de Sevilla, monseñor Juan José Asenjo / JUAN FLORES
El arzobispo de Sevilla, monseñor Juan José Asenjo / JUAN FLORES

Primer golpe. La agencia tributaria

Por  10:04 h.

Ya estamos en Cuaresma. Y, como suele ocurrir de unos años a esta parte, ya estamos al tanto de los mensajes que quiere trasladar el Arzobispo al mundo de las cofradías, además de los propios de la conversión y la penitencia.

En la perspicaz entrevista que la compañera Aurora Flórez publicó el Miércoles de Ceniza en ABC se notó que Monseñor estaba especialmente preocupado por el asunto de las cuentas de las hermandades y anunció incluso su deseo de que se creara una oficina para «visar» los balances de cada cofradía, no sólo de las de Sevilla, sino de las de toda la Archidiócesis. Si alguien quiere establecer una fiscalización es por dos cosas; porque quieres tener toda la información o porque no te fías.

La intención de nuestro Arzobispo seguramente responde a los dos supuestos. A él le gusta conocer todos los datos y él es una persona que por su carácter, se fía lo justo, sobre todo después de haber mantenido en los primeros tiempos de su mandato una relación no demasiado fluida con el mundo de la Semana Santa.  Ahora, encima, la contribución al Fondo Común Diocesano, sobre el que no todas las hermandades tienen el mismo criterio, se va a hacer obligatoria para convertirse en una condición indispensable e ineludible cuando se pida algo a Palacio.

Si todo esto se hace desde arriba sin contar con la opinión que existe abajo, es decir, si no se habla con las hermandades o con el Consejo que es su representación, se puede correr el riesgo de que se abra una etapa complicada. No ya por las cuentas que están muy cuadradas en la mayoría de las corporaciones en las que los «pufos» de antaño pasaron a mejor vida, sino por la definición clara de lo que se considera como contribución de las cofradías a la Iglesia. Gestionar un templo como en el caso de La Macarena, El Gran Poder o Los Gitanos –por citar tres que están abiertos a todas horas con varias misas al día- cuesta un dinero, y hay quien mantiene que ese dinero debe ser computable. Pero desde la Iglesia se piensa que no. Hay que ponerse de acuerdo porque si no, llegará la oficina de visados, pero también la picaresca que es tan nuestra.