Algo habrá que hacer

Por  14:14 h.

Hay veces que un tópico, o una frase manida, vienen a recordarnos una vez más que nuestra Semana Santa está cogida “con alfileres”. Esta muletilla tan habitual en el léxico de los responsables cofradieros se ha hecho patente, otra vez, la pasada Semana Santa, y no por obviar ciertas situaciones o maquillar algunos incidentes, mejora la precaria y frágil situación de la calle.

Botellonas a la espera de cofradías, agresiones en la bulla, peleas cerca de las puertas del templo de los Gitanos, un apuñalamiento en el puente de Triana al paso de la Esperanza, lanzamiento de petardos a la Cruz de Guía del Silencio (ojo, la Santa Cruz en Jerusalem es titular de la Hermandad), continuas faltas de respeto… Estas son algunas de las situaciones que han enturbiado la celebración de nuestra Semana Santa, concretamente en la madrugada del Viernes Santo, aunque puedan parecer “normales” cualquier fin de semana, o pretendan “justificarse” por el ambiente festivo de esta semana. Algunos utilizan la Semana Santa de Sevilla como un parque temático para dar rienda suelta a sus incívicas diversiones.

La consecuencia de estos incidentes es el miedo como respuesta natural a situaciones imprevistas, provocando huidas en masa, carreras incontroladas y temor ante lo desconocido. Las hermandades del Calvario y la Esperanza de Triana vivieron esa angustiosa situación. De no acabar con estos sucesos, algún año podríamos lamentar desgracias de resultados imprevisibles.

El síndrome de la Madrugá de 2000 permanece en la memoria colectiva, y tuvo sus consecuencias. La afluencia de público en la noche más importante de Sevilla disminuyó considerablemente, hasta tal punto que los hermanos mayores pidieron a la gente que saliera a la calle. En el resto de las jornadas, las cofradías con entradas en los templos a altas horas, pugnan por cambiar su puesto en la nómina, y la tendencia del público se ha invertido, ya que las primeras horas de la tarde cuentan con más adeptos que los retornos nocturnos.

Las autoridades, el Cecop, la policía o incluso las hermandades y el Consejo hacen todo lo posible para que la Semana Santa transcurra sin incidentes y con la seguridad necesaria, pero el empeño de unos cuantos, la desvergüenza de algunos y el no saber estar de muchos, pueden dañar seriamente a la fiesta más importante de nuestro calendario.

La educación y el respeto de cada uno son fundamentales, pero ante la ausencia de estos valores habrá que buscar alternativas. La libertad (o libertinaje) de algunos individuos, no puede y no debe empañar la celebración de la Semana Santa, herir los sentimientos de los cofrades y destrozar la imagen de Sevilla. Algo habrá que hacer.