El altar de la Esperanza
El altar de la Esperanza 34381

El altar de la Esperanza

Por  8:23 h.

El 18 de septiembre va a ser un día grande en Sevilla. Madre María de la Purísima de la Cruz será beatificada, uniéndose a la lista emocional de sevillanos —de nacimiento o de obra— que subieron a los altares de la Fe inquebrantable. Será algo multitudinario. El cariño que Sevilla tiene a las hijas de Sor Ángela, llenará el inhóspito estadio de la Cartuja, para proclamar las virtudes de una vida al servicio de los más necesitados.

La cita tendrá una invitada de excepción. La Macarena se levantará temprano para asistir orgullosa a la fiesta que Sevilla prepara a la que, siendo santa en vida, no necesitó jamás los reconocimientos terrenos. Dicen que irá en un paso. La Virgen recorrerá su barrio inédito. Cruzará la frontera de los callejones y del antiguo Hospital donde Su rostro iluminaba de Esperanza a los enfermos. Pasará por avenidas desconocidas, cruzará un río del color de su manto camaronero y presidirá una improvisada catedral de gradas y césped.

Habrá quien se muestre contrario a este acontecimiento. Argumentos tendrán: exceso de salidas extraordinarias, lejanía de la basílica al estadio, el habitual y continuo trasiego de imágenes y quizá el planteamiento severo de que “quién quiera ver a la Virgen, que vaya a la basílica”. Posturas a favor y en contra. Opiniones en uno y otro sentido, pero lo cierto es que la Macarena siempre acudió donde la llamaron, por lejos que fuera. Visitó enfermos, celebró el fin de guerras, conmemoró el patronazgo de la Virgen de los Reyes, fue intercesora de sequías y epidemias. Incluso ejerció de Misionera en el emergente Polígono de San Pablo allá por los sesenta, aunque la llevaran en una furgoneta.

La Virgen de la Esperanza será esa mañana de septiembre, una vez más, Madre de los humildes y Alma de Sevilla que empuje a la Santidad a una de sus hijas. Cuando atraviese nuevas barriadas y el arco la vea marcharse, la Macarena habrá dejado vacío su altar. Un altar de Esperanza, para que Sevilla glorifique en él a una monja que se asomaba a la puerta de su convento en busca del rostro que emocionaba a Madre Angelita.